Entre cepas y epopeyas

El escritor Juan Marcelo Calabria, invita a un viaje por el derrotero del vino argentino, desde su humilde presencia en las mesas de los revolucionarios hasta su consagración como embajador de la cultura y la pasión argentina.

Juan Marcelo Calabria

En la confluencia de la historia y la vitivinicultura, se teje una narrativa que entrelaza el destino de una nación con el carácter de sus productos, entre ellos sin duda el vino argentino. La Revolución de Mayo no solo marcó el primer paso del nacimiento de Argentina como país independiente, sino que también sembró las semillas de una industria vitivinícola que, con el tiempo, florecería en los fértiles valles de la nueva nación y especialmente de Mendoza.

En las vísperas de la Revolución de Mayo, el vino ya fluía por las venas del Virreinato del Río de la Plata, siendo más que una bebida y como en la antigüedad greco romano era un símbolo de comunión y celebración. Aquellos patriotas que soñaban con una nación libre, no sólo compartían ideales, sino también copas llenas de esperanza e ideas de libertad.

Podría decirse que la historia del vino en Argentina, como el de muchos productos autóctonos, es paralela a la lucha por la independencia, en tanto la libertad política fue dando paso a la autodeterminación económica de las provincias, en tanto desaparecía el monopolio mercantil y las prohibiciones de la corona española. Algo que ya había anticipado nuestro primer economista Manuel Belgrano quien ponderaba los productos regionales de las diferentes regiones de las provincias en tanto consideraba fundamental la promoción de la industria, el comercio y la agricultura como fuente de desarrollo y progreso de la región.

Si bien la vid fue introducida por los colonizadores españoles muchos años antes, no fue sino hasta la gesta de la independencia que comenzó a perfilarse como un emblema de identidad nacional, entre otros productos del país. La revolución trajo consigo un espíritu de renovación que también alcanzó a los viñedos, promoviendo la diversificación y mejora de las cepas, recordemos por caso que durante la Gobernación Intendencia de Cuyo el propio Gobernador José de San Martín fue un gran impulsor de la actividad agrícola, incluida la vitivinicultura, con su producción y comercio de aguardientes y vinos cuyanos.

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El vino, en aquel entonces, era más que un acompañante de largas travesías como el Cruce de los Andes, y amargas soledades de las extensas llanuras y montes de nuestro territorio; era un testigo silencioso de las discusiones y planes que se tejían en cada reunión secreta donde se organizaba la revolución. En cada sorbo, se gestaba el sabor de la libertad, y en cada brindis, resonaba el eco de un futuro soberano para esta incipientes Repúblicas. Con el paso de los años, la industria vitivinícola argentina ha sabido honrar su legado revolucionario, de cambio, progreso y libertad. Ha evolucionado, adaptándose a los nuevos tiempos, sin olvidar las raíces que la vieron nacer. Hoy, el vino argentino no solo representa la tradición de un pueblo, sino también su capacidad de superación y su firmeza ante los desafíos.

Entre cepas y epopeyas

La Revolución de Mayo marcó el inicio de un camino hacia la autodeterminación económica, y el vino ha sido un compañero constante en esta travesía. Cada cosecha cuenta una historia de esfuerzo y pasión, reflejando en sus matices la esencia de un país que se forjó entre barricas y sueños de grandeza. Así como la revolución e independencia fue la gran causa de aquellos años que aunó esfuerzos y sacrificios, el vino se convirtió en el motor de cambio e insignia para la agricultura de las antiguas Provincias Unidas del Río de la Plata, luego República Argentina. Así con el paso de los años y especialmente en las últimas décadas la viticultura se transformó en una industria pujante, que, con el tiempo, colocaría al país en el mapa mundial como productor de vinos de alta calidad.

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Como es sabido, y hemos analizado en columnas anteriores el Malbec, cepa insignia, es hoy un estandarte de la argentinidad en el mundo. Su carácter robusto y a la vez delicado, es un paralelismo perfecto con la historia de un pueblo que luchó por su libertad y que, contra toda adversidad, supo forjar su destino como nación. La revolución no solo liberó sembró la semilla del proceso independentista, sino que también liberó el potencial de sus tierras. Los viñedos se extendieron, y con ellos, la fama de los vinos argentinos. Cada botella abierta en tierras lejanas es un embajador de la cultura, el esfuerzo y la historia argentina.

En la actualidad, el vino sigue siendo un elemento unificador. En cada celebración de la Revolución de Mayo, las copas se alzan no solo para recordar a aquellos que lucharon por la libertad e independencia, sino también para celebrar la identidad y el progreso de una nación que, con luces y sombras, sigue escribiendo su historia. Y así, el vino se entrelaza con la historia argentina, siendo no sólo un producto de su tierra, sino también un narrador de su pasado, un protagonista de su presente y un augurio de su futuro. Descorchemos un rico mendocino y brindemos, entonces, por aquellos hombres y mujeres de 1810, cuyo legado perdura en cada sorbo de este brebaje de trabajo, progreso y libertad. ¡Feliz 25 de Mayo, salud y a disfrutar Mendoza!

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