El país de Nunca Jamás y sus guías turísticos
Una reflexión del autor motivada por la actitud presidencial hacia su compañera de fórmula.
...Y ahí estaba el hombre. Caminando decidido hacia la Catedral Metropolitana; el escenario que todos los 25 de mayo de cada uno de los años hace sentir incómodo al ocupante del Sillón de Rivadavia. Para atenuar el trance esta vez se tomaron recaudos. No estaba solo. Iba rodeado de amigos. Y otros no tanto, pero todos circunstancialmente leales. Por lo menos, por ahora. Si no los ha podido unir el amor, será el espanto la plasticola que los mantenga abroquelados.
Ahí estaba. Con buena parte de la casta que prometió combatir, recorriendo esos escasos doscientos metros que separan la Casa Rosada de la Catedral y de la homilía. Dirigentes salpicados por denuncias de corrupción, el Caso Libra (Milei), sobreprecios (3% Karina) y negociados en compras de insumos para personas con discapacidad, incrementos patrimoniales difíciles de explicar (Adorni) y permanentes disputas internas de poder (Santiago Caputo y Menem). Todos juntitos, pero con escarapelas resplandeciendo en esos "pechos patrios". Hasta la solapa presidencial ostentó una este año. Una escarapela simple, redonda, con los colores de un solo país. El nuestro. Lo normal.
Y en esa minuciosa planificación de atenuaciones de malos tragos previos y posteriores al Tedeum, nunca llegó la invitación a la Vicepresidente de la Nación. No llegó porque jamás fue enviada. Estuvo ausente la única personalidad del oficialismo que ha mantenido una línea de prudencia y coherencia política. La Vicepresidente de la Nación, Victoria Villarruel, no fue invitada. Es bien sabido, que es una gran defensora de las tradiciones de nuestra Patria. Una patriota por donde se la mire. Esta vez se evitó el mal momento de tener que saludarla, darle la mano. Lo normal.
Porque nada de lo que está ocurriendo es "lo normal". Hemos naturalizado los desplantes y los insultos. La frivolidad se ha transformado en un blindaje. Las redes sociales de muchos legisladores y funcionarios del ejecutivo nacional, son un muestrario de selfis, frases vacías, poses estudiadas, fotos grupales dignas de un viaje de egresados. Mientras tanto, el país se cae a pedazos. No es que no sepan lo que ocurre. Es que hablar de pobreza, inseguridad, inflación o falta de oportunidades, implica asumir un compromiso. Porque comprometerse duele. Entonces es más fácil posar para una foto y mostrarse bello/a. A falta de contenido, lo único que queda para mostrar es el frasco. Un recipiente armado con cirugías estéticas y carente de ideas. Joaquín Sabina cuenta en alguna poesía la historia de una canción que no pudo escribir porque tenía un final tan triste que nunca se animó a empezar. Es la misma sensación que nos dejan estos guías turísticos del desastre. Te muestran el edificio, te explican dónde está el baño, se sacan la foto y siguen viaje. De legislar, nada.
1. El descontrol interno disfrazado de conspiración
La vida privada de las personas es eso. Vida Privada. Hasta la acotada vida privada de un presidente.
Resulta estúpido tener que explicar lo obvio. Pero algunas veces es necesario escarbar en los principios que dieron origen a lo obvio. Un presidente ejerce su función desde el momento del juramento hasta el último segundo de su mandato durante las 24 horas de cada uno de los días. Representa al país, no a su persona. Por eso, su ámbito privado está restringido. Y si se filtran audios personales, lo verdaderamente grave no debería ser lo que se escucha. Lo que se dice, que puede resultar incómodo o desagradable, no deja de ser una anécdota del espacio personal. Pero nos perdemos en la maraña, la hacemos parte del paisaje y dejamos de ver el fondo. La recurrencia de escándalos nos ha hecho pasar demasiado rápido de la sorpresa a la naturalización. Y como autodefensa, hemos terminado haciendo memes sobre problemas que son la anécdota. El fondo se nos diluye entre tantas estupideces.
Lo importante de esta situación que ha ocurrido, es la filtración del espacio presidencial. Y lo llamativo es la contradicción. El mismo dirigente que denuncia operaciones de espionaje, deja abiertas las puertas de su propia seguridad. Habla con cualquiera, utiliza canales poco seguros y luego se sorprende de que la información circule. Resulta difícil creer que un servicio de inteligencia internacional tenga como prioridad espiar a alguien que parece no tomar los recaudos mínimos para proteger sus comunicaciones. Sin embargo, y al mismo tiempo, se persigue a periodistas por grabar espacios públicos de la Casa Rosada, se retiran acreditaciones y se restringe el acceso a la prensa. El problema no es un espionaje externo del que nadie cree. El problema cada vez más evidente es el descontrol interno que todos estamos viendo.
2. Un ajuste que no lleva a ningún lado
Decíamos unos párrafos atrás que hablar de pobreza genera un compromiso. Y el compromiso nos hace compenetrar con los problemas reales y con la manera de superarlos. Inseguridad, inflación o falta de oportunidades implica compromiso.
Vivimos cubiertos por una sábana corta y los recursos no abundan. El ajuste en sí mismo no es ni bueno ni malo. Es una herramienta política más para orientar los recursos. Pero antes, hay que saber cuáles son las prioridades. Y antes, hay que saber qué país queremos para saber para dónde vamos a orientar el barco.
Nos ha tocado vivir una época complicada. Todo lo que dábamos por supuesto ya no lo es tanto. Cuando los legisladores levantan la mano, deberían saber cuál es el proyecto de país, cuál es la trascendencia de cada uno de los recursos que se ven involucrados en esa decisión, qué es lo que está ocurriendo en el mundo y cómo quedaremos parados si su mano se levanta o se mantiene abajo. No es por ser prejuiciosos, pero creemos que en general, no tienen ni la más remota idea de todo eso. Suponemos que sus manos responden a motivaciones más domésticas. Más de obediencia ciega. Más de "Los proyectos se votan y después se leen" (Karina dixit). Podríamos suponer que son motivaciones de supervivencia personal dependiente de una obediencia vergonzosa.
Ajustaron sobre jubilados, universidades, salud pública, provincias, obra pública, investigación científica y programas sanitarios. Ahora avanzan sobre las zonas frías y la generación y distribución de la energía. La historia parece repetirse una y otra vez. Se recorta, se elimina, se ajusta y luego se vuelve a ajustar. Y aun así nunca alcanza.
Lo más preocupante es que, después de tantos sacrificios, no se observa ningún horizonte. El esfuerzo permanente no parece conducir a algún destino concreto. Mientras tanto, quienes toman las decisiones continúan incrementando sus patrimonios, sus dietas y sus privilegios. Se les pidió esfuerzo a los que menos tienen, pero no se generó crecimiento, producción ni desarrollo. Seguimos haciendo sacrificios para permanecer en el mismo lugar. O peor aún, para retroceder.
Desfinanciada la educación, debilitado el sistema de salud, paralizada la obra pública, sin investigación científica y deterioradas las condiciones de vida de millones de personas ¿qué sociedad imaginamos construir?
Nos dicen que en 30 años vamos a ser potencia. No existe desarrollo posible con escuelas vaciadas, hospitales deteriorados y familias que cada vez comen peor. El futuro que algunos imaginan está pensado por y para quienes viven de la especulación financiera. Sin industria, sin conocimiento y sin movilidad social las posibilidades de convertirnos en una colonia están aseguradas. Una fiesta para pocos, pagada por muchos y a costa de las generaciones de argentinos actuales y venideras. Porque cualquier posibilidad de llegar a ser potencia en 30 años, se va a lograr con Argentinos mejores y nada indica que estemos en ese camino.
La incoherencia se ha convertido en una práctica cotidiana
En esas manos estamos. Diputados y Senadores que ayer defendían una posición hoy sostienen exactamente la contraria y no sienten obligación de fundamentar el cambio de rumbo. Nadie explica nada. Nadie da razones. Simplemente cambian. El presidente utiliza los indicadores económicos de su conveniencia cuando le resultan favorables y los descarta cuando dejan de servirle, diciendo que lo importante, ya no es ese dato estadístico, sino otro. O, el supuesto genio de la economia y futuro Nobel, puede anunciar un dólar a 600 pesos que hoy ha más que duplicado ese valor. O puede presentar un Presupuesto Nacional que proyectó una determinada inflación anual y a los pocos meses ya ha superado lo estimado y le viene sacando varias cabezas. En definitiva, si el presidente, no se avergüenza en decir algo y después decir lo contrario, ¿qué podemos pedirle a sus legisladores?
Pero, como ocurre siempre, todo ha tenido una explicación. Y empieza por el proyecto de país al que se aspira. Se diga o no, hay una planificación de lo que se hace. No existen las casualidades. Hubo proyectos para crear un país independiente y los hubo para entregarlo al mejor postor. Hubo proyectos para un país equitativo y también hubo un país para los pocos que se salvaron a costa de lo que sea. En esa disyuntiva estamos. Ya ni pretendemos estar orgullosos de lo que dejemos. El objetivo es más básico. Veremos si somos capaces de hacer de este país algo que no nos avergüence contar.
La credibilidad se construye con coherencia. Y cuando la coherencia desaparece, también desaparece la confianza. Nadie les pide lágrimas frente a una cámara ni gestos teatrales acariciando jubilados. Lo único que se les pide es algo mucho más sencillo. Que no nos tomen por tontos. Que si cambian de opinión, lo expliquen. Que si se equivocan, lo reconozcan y corrijan. Y que si van a posar para la foto, al menos lo hagan después de haber hecho algo por la grandeza de Argentina.
Algo que sea confesable, creíble y real. Porque el país real no tiene filtros. Y tarde o temprano, la realidad va a entrar por la puerta que siempre queda entreabierta.
Luis Giachino, dirigente de La Juan Bautista