La anomalía de querer emprender frente a la ternura del usurpador

Quienes presentan un plan de desarrollo para un determinado terreno que es propio, y por el que debieron desembolsar dinero, viven en Mendoza históricamente un calvario.

Memo

¿Es viveza criolla disfrazada de reclamo social, o vulnerabilidad que intenta ser superarada mediante herramientas obtenidas de la práctica de esa misma habilidad ya consustanciada con la idiosincracia argentina, sin importar de qué clase social se hable?

Hoy en día, querer habilitar un loteo o barrio con todas las de la ley resulta casi un imposible. Sin embargo, si los terrenos son tomados bajo circunstancias justificadas como "de crisis social", las soluciones llueven más producto del miedo de la política a las repercusiones que por imperio de la ley.

Esta, la ley, no resulta pareja

Planificación ya tiene un "banco de terrenos" y propuestas sobre cómo utilizarlos

Los derechos le ganan a los deberes y se desequilibria cualquier consenso de convivencia, como lo es, por ejemplo, la Constitución. Se produce un atajo, un asterisco, de cuya validez se abstraen los que deben controlar y garantizar el cumplimiento de la norma.

Pero supongamos que está bien, que se trata de situaciones excepcionales ante el deterioro económico estructural de amplios sectores sociales: ¿por qué el exceso de celo con lo otro, con lo que intenta hacerse cumpliendo la normativa vigente para lotear, construir, urbanizar, dotar de servicios y vender? ¿No está sobrando rigidez legal y sobra excepcionalidad? ¿No hay punto medio que favorezca el desarrollo y sus beneficios?

Quienes presentan un plan de desarrollo para un determinado terreno que es propio, y por el que debieron desembolsar dinero, viven en Mendoza históricamente un calvario y hasta es posible que después de cumplir con todo y más, terminen crucificados, aunque sin capacidad alguna de resucitar, en este caso económicamente.

¿Por qué hay en Argentina un déficit habitacional de 4 millones de viviendas?

Memo dialogó con agentes inmobiliarios y con constructores: los que levantan las obras y los que las venden. El itinerario de la frustración que deben sortear es análogo a un examen de una escuela de alto rendimiento en negocios.

Algunos detalles:

No hay acceso a la electricidad en muchos lugares de Mendoza, aun en pleno centro de la Ciudad. Tampoco a redes de gas. Quien emprenda un desarrollo inmobiliario debe primero sortear eso lo básico, que no es poco y en muchos casos, constituye un escollo insalvable. Luego, las autorizaciones que continúan podrían equipararse a un "capacho" en un túnel de burócratas mal intencionados que ofrecen hasta golpes bajos, cual bravucones en la edad del pavo escolar.

Si lograran concluir el proyecto en menos de una década, deben conseguir que no los alcance la bala de la ruleta rusa de los ciclos económicos argentinos, de su moneda o de la política. Al cortar las cintas inauguratorias no puede nadie cantar victoria de antemano: todo puede ser peor en cualquier momento.

En Mendoza proponen crear un "banco de tierras" para evitar tomas y usurpaciones

Hay casos en diversos puntos de Mendoza en los que esos terrenos, mientras aguardaban que poco menos que las Naciones Unidas les otorgaran todos los permisos, fueron ocupados otrora -antes de que hubiera un grupo "antitomas"- por "movimientos sociales" que, de inmediato, despertaron la urgente ternura de los aparatos estatales municipales y consiguieron que les acercaran camiones con agua potable, palos, maderas y nylon o chapas, alimentos y hasta ropa, ayudándolos a radicarse allí.

La celeridad ante la ilegalidad cuando esta tiene aspecto de reclamo social es de una eficacia que no se consigue en el resto del sistema estatal. 

Los recursos están siempre disponibles para ello. Pero no están igual de aceitados los resortes para cambiar la burocracia que frena, traba, impide o arruina iniciativas que involucren una instancia a todas luces superadora, capaz de general empleo real sin subsidios y otorgar oportunidad de ascenso social por esfuerzo propio.

Pasan los gobiernos y podríamos sintetizar que los más populistas agrandan el apoyo a la ilegalidad y los menos populistas agrandan la ilusión de que están ordenando las cosas, pero en definitiva, este tipo de situaciones siguen igual. 

Nadie cambia nada a fondo y la sensación es que se transita desde un biribiri de lo popular hacia otro, un biribiri de la prolijidad y el orden.

Está bien contener las tomas y usurpaciones mientras se buscan soluciones reales para quienes tienen problemas habitacionales. Pero nada va a cambiar mientras la maquinaria del Estado esté preparada para actuar en forma seriada y anómala, como lo ha hecho siempre.

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