Los escenarios que el cine argentino no conoce (o no quiere) ver
En su #RequeteFeo de hoy Marcela Muñoz cuestiona la obsesión de nuestra industria por el asfalto roto y la marginalidad porteña, proponiendo un giro estético hacia el "Bósforo criollo": una invitación a descubrir la potencia visual de las provincias, de la cordillera a las cataratas.
Nuestro cine, nuestras series son el feísmo explícito. No te hablo de una mala iluminación, te hablo de esa estética de la mugre, del asfalto roto y el gris cemento que parece que el cine nacional no puede soltar. Es ese Requete Feo que busca la verdad en la cicatriz, en el conventillo y en la mesa de fórmica pegajosa, en el argento porteño, en los desaparecidos, en las cárceles donde el sexo siempre tiene que estar presente, siempre lo mismo. ¿Qué pasa Argentina? ¿Ha perdido la originalidad, no sabe que el territorio es más allá de la 9 de julio?
Mientras Estambul te vende un atardecer de seda y palacios, nosotros te vendemos la medianera sin revocar. El Requete Feo argentino es nuestra marca de agua: una obsesión por lo desprolijo que pretende ser honesta, pero que a veces se vuelve un look infinito de los mismos callejones oscuros y los mismos vicios de siempre. Las series turcas al menos te venden obras literarias, libros de poesía hasta en las novelas, que no dejan de ser novelas. Comunican su cultura, su turismo, con el Bósforo o no, pero son un abanico abierto al mundo y tienen mucho de su historia para contar. Y no salgan que es porque no hay subsidios, porque cuando los hubo y mal distribuidos, se hacía lo mismo.
El secreto del éxito este año chino: Galopar con el corazón encendido
Si las series turcas logran que el mundo quiera visitar el Bósforo, Argentina tiene en sus provincias un arsenal visual que el cine comercial suele ignorar por quedarse en el gris de Buenos Aires. El Requete feo porteño se desvanece cuando abrís el plano hacia el interior:
- - Mendoza y San Juan: En lugar de callejones oscuros, tenés la geometría perfecta de los viñedos con la cordillera de fondo. Aquí el enoturismo no es solo producción, es una puesta en escena que nada tiene que envidiarles a los paisajes de la Anatolia. Es la elegancia del sol y la piedra contra el cliché del realismo sucio.
- - El Norte (Salta y Jujuy): Si Turquía explota su historia milenaria, el NOA ofrece una paleta de colores naturales y una profundidad cultural que el cine nacional a veces reduce a lo pintoresco. Es una épica visual de cerros y pueblos que merecería historias de amor o drama con la misma escala que las grandes producciones de Estambul. Y si hablamos de sus artesanías es un mundo aparte.
- - La Patagonia: Es nuestro escenario de alta gama natural. El contraste entre los lagos azules y los bosques ofrece una estética aspiracional y majestuosa que rompe con la idea de que el cine argentino debe ser necesariamente barrial o marginal. También se puede enseñar con el 7 arte que el mundo no pasa por la Gral Paz.
- - El Noreste (Misiones, Corrientes y Entre Ríos): Si el cine porteño se ahoga en el asfalto, el NE es oxígeno puro y una escala monumental. Las Cataratas del Iguazú no son solo un "punto turístico", son un escenario de producción que empequeñece cualquier decorado de estudio; es nuestra selva indomable que podría albergar dramas épicos o historias de suspenso con una potencia visual cinematográfica. A eso sumale los Esteros del Iberá, un paisaje de una mística casi espiritual que el cine nacional ignora por seguir filmando en un pasillo de Flores o Constitución. Es el paso del gris cemento al verde furioso, una invitación a mostrar una Argentina exuberante y viva que el mundo pagaría por ver en pantalla.
¿Hasta cuándo vamos a seguir exportando nuestra propia miseria como si fuera nuestra única verdad? El éxito de las series turcas no es un milagro, es una decisión estética y política de mostrar lo mejor de sí mismos. Argentina tiene con qué responder: desde las cataratas hasta la cordillera, nuestro mapa es un guion escrito por la naturaleza que espera ser filmado. Menos conventillo, más Bósforo criollo. Es hora de apagar el filtro del realismo sucio y dejar que, por fin, entre el sol.
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