Sí o no a la paridad de género en el gobierno de sociedades

Qué hay en torno a la decisión de la Inspección General de Justicia de la Nación de que haya paridad en las asociaciones civiles, las simples asociaciones, las sociedades anónimas comprendidas en el artículo 299 de la Ley N° 19.550 (con algunas excepciones) las fundaciones, y las Sociedades del Estado (Ley N° 20.705).

Emiliana Lilloy

Esta semana la Inspección General de Justicia de la Nación resolvió la paridad en las asociaciones civiles, las simples asociaciones, las sociedades anónimas comprendidas en el artículo 299 de la Ley N° 19.550 (con algunas excepciones) las fundaciones, y las Sociedades del Estado (Ley N° 20.705), estableciendo que deberán incluir en sus órganos de administración una composición que contenga la misma cantidad de miembros femeninos que de miembros masculinos.

Las críticas no tardaron en hacerse escuchar en notas periodísticas, redes sociales y grupos de WhatsApp.

Desde algunos sectores feministas se objetó que la medida era un acto unilateral y que no provenía de ningún consenso o acuerdo. Esto porque vivimos en sociedades cada vez más maduras, que reclaman que quienes gobiernan tomen medidas participativas que respondan a los verdaderos intereses de los grupos afectados. Para ello se requiere que sean consultados y escuchados a fin de que las políticas públicas recepten y actúen sobre sus necesidades reales y no sean consecuencia de lo que sólo un sector o persona piensa que necesitan sus destinatarias/os. En este sentido, piénsese, por ejemplo, si tres mujeres quisieran emprender un negocio constituyendo una sociedad, no podrían hacerlo porque necesitarían a varones para cumplir con la paridad.

Por otro lado algunas/os juristas destacaron que la medida podría objetarse desde el punto de vista constitucional. Refieren que un órgano del Poder Ejecutivo y a través de un acto administrativo, no podría establecer mayores requisitos o unos distintos de los que establecen las leyes sancionadas por el Congreso. El argumento denuncia que esta acción le correspondería al órgano legislativo y que la resolución podría ser tachado de inconstitucional por el orden de prelación de las normas que establece la carta magna.

En última instancia y ya desde un lugar más popular o general si se quiere, se critica esta medida por su naturaleza (más allá de cómo haya sido tomada o los causes jurídicos para llevarla a cabo). Una parte de la sociedad se manifiesta abiertamente en contra de toda medida que dé beneficios "artificiales" a las mujeres o que les otorgue cierta ventaja. Los argumentos giran alrededor de que hoy vivimos en una sociedad igualitaria y si las mujeres quieren ocupar cargos de poder, tanto en el estado como en el sector privado, deben ganárselos en igualdad de condiciones.

Desde lo teórico, esta medida se enmarca en lo que llamamos acciones positivas. Es decir, aquellas que por mandato constitucional debe llevar a cabo el Estado argentino para compensar las inequidades de nuestro sistema. Más precisamente este tipo de medidas son llamadas cuotas, cupos, o paridad según la modalidad que se adopte al tomarlas.

Una mirada distraída o descontextualizada podría pensar que estas acciones buscan dar ventajas a las mujeres, ya sea porque por ellas mismas no logran acceder a los lugares por falta de aptitudes, no se lo han ganado (incluso cuando no existe una norma legal que se los prohíba), y que de alguna manera, esto sucede porque no serían tan capaces y audaces como sus pares varones, quizás por ser más sensibles y abocadas a otras tareas más blandas, o porque incluso (y esto se escucha mucho) no les interesa ocupar cargos jerárquicos.

Ahora bien, desde una perspectiva que tiene en cuenta el proceso histórico y la organización en que vivimos las sociedades occidentales, la visión cambia drásticamente. Esto porque sabemos que históricamente las mujeres fuimos privada de los derechos civiles básicos como consecuencia de una apropiación discursiva de los varones que desde todas las área (biología, política, psicología etc) impusieron que carecíamos de raciocinio, que por nuestra constitución física (seres frágiles, incompletos, detenidos en la evolución, animales salvajes sólo con intuición etc) y por nuestro carácter endeble emocional y traicionero, debíamos quedarnos en casa, ocupándonos de criar a sus hijas/os y de todos los trabajos reproductivos para facilitar que ellos pudieran salir al espacio público a conquistar el poder y los bienes económicos.

A través de esta maniobra, se alejó a la mujer de todo contacto con el poder y el dinero y se la educó cuidadosamente para que aceptara este pacto que tanto la perjudicaba. Esta educación que consiste en fomentar la emocionalidad, la fragilidad, la abnegación y el afecto, junto con un mensaje de advertencia que implica cuidarse y vivir siempre con un poquito de miedo, se complementa y alcanza su punto culmine con la idealización del varón como protector, poderoso, proveedor de los bienes para la subsistencia y buen padre de familia. En esta ecuación, la mujer convertida en una impúber, debilitada, no tiene más que amarlo, necesitarlo y admirarlo a través de la institución del amor romántico, que ya desde muy pequeña ha sido interiorizada con todos estos mensajes.

Esta situación que legalmente se sostuvo hasta la ley 17.711(1968) y que sus resabios perduraron hasta hace muy pocos años en los diferentes textos legales (patria potestad del varón, la jefatura del hogar, fijación de domicilio, el débito conyugal, ausencia de derechos reproductivo etc) determinó que las mujeres quedáramos fuera del sistema productivo, ausentes de todo lo que tenía valor económico y prestigio social.

Una vez desaparecidas las limitaciones legales, las mujeres comenzamos a ingresar paulatinamente al mercado y al gobierno. Pero mientras todo esto sucedía, se producía el fenómeno que Silvia Federici llama "acumulación originaria", que significa que durante todos estos años de opresiones legales hacia las mujeres, los varones acumularon la riqueza y el poder tomando una ventaja artificial sobre las mujeres, provocando que hoy el 70% de los/as pobres sean mujeres (feminización de la pobreza) y que capital mundial y los cargos jerárquicos esté en manos de varones.

Sin perjuicio de que es claro que el punto de partida es muy distinto, algunas personas argumentan que esto ya cambió y que las mujeres deberían ponerse a la altura demostrando su capacidad. Y este argumento también podría parecernos coherente si no tuviéramos en cuenta que la igualdad formal o legal con la que hoy contamos no subsana los obstáculos visibles e invisibles con los que nos encontramos las mujeres a la hora de intentar acceder al poder. Algunos ejemplos que todas conocemos son la triple jornada laboral, el techo de cristal, los estereotipos de género que impiden ver a las mujeres en espacios de poder, la corporatividad masculina en la cooptación de personal y tráfico de privilegios, la educación diferenciada que no prepara o entrena a las mujeres para el mundo del poder, los prejuicios asociados a que las mujeres no queremos poder y dinero y que por lo tanto no somos merecedoras de ellos, etc.

Ahora bien, hay quienes dirán que muchas mujeres elegimos dedicarnos al hogar, a la familia, y a propiciar el éxito económico y prestigio de otros con el desempoderamiento y desventaja que esto implica en un sistema capitalista. Y puede ser verdad. Pero es verdad también que fuimos educadas en esas habilidades y creencias para adaptarnos a este esquema que organiza a las familias para que se complementen y se adapten a un sistema económico que requiere "un varón productivo" que tenga las necesidades de cuidado (casa, comida, afecto) satisfechas para funcionar.

La cuestión que se plantea, es que sin ánimo de quitar valor a los trabajos reproductivos y al cuidado de nuestros seres queridos, tenemos la necesidad de que tanto varones como mujeres asumamos estas tareas tan importantes pero carentes de valor económico. Sólo así, las mujeres podremos acceder al mercado laboral en igualdad de condiciones y no necesitaremos cuotas, cupos, ni ninguna acción positiva.

Hasta que no generemos como sociedad nuevas masculinidades que comprendan que estamos en un mundo que debemos compartir haciendo todas las tareas indiferenciadamente, y que reconozcan la inteligencia y capacidad de sus pares mujeres evitando la corporatividad masculina y cooptación de varones porque sí en vez de mujeres, seguiremos necesitando estas medidas para que el acceso a las oportunidades sea equitativo.

Después de todo, toca reparar esa injusticia legal a la que fuimos sometidas por tantos años y estas acciones son parte de esta empresa que hemos comenzado las mujeres feministas. Una empresa que nos llevará a conseguir un mundo en el que las que vienen atrás de nosotras, no necesiten plantearse estos problemas para acceder a dirigir y gobernar nuestras sociedades en igualdad de condiciones. 

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