Trump acelera un nuevo orden mundial

La ofensiva de Estados Unidos en Venezuela, el repliegue del multilateralismo y el avance de un realismo transaccional marcan, según el autor, el inicio de un nuevo orden mundial en el que las esferas de influencia, los recursos estratégicos y la fuerza vuelven a imponerse sobre el derecho internacional y las reglas surgidas tras la posguerra.

Sergio Bruni
Analista político. Designio Consultora.

El mundo tal cual lo conocimos luego de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría -hasta la caída del muro del mundo de Berlín- ya no es el mismo.

La acción militar sucedida días atrás en Venezuela por parte de EEUU, marca huellas a fuego. No tiene legitimación en el derecho internacional público dicen, con razón, los expertos en la materia. Pero, ¿Cuál sería el modo de terminar con un dictador violento como Nicolás Maduro si no es por la fuerza? Deberá el derecho internacional, entonces, adaptarse a los nuevos tiempos.

La administración estadounidense presentó el operativo no sólo como un golpe de fuerza unilateral, sino como el cumplimiento de un mandato judicial basado en acusaciones penales, lo que desató posiciones contrapuestas que dividen a especialistas, gobiernos y académicos, sobre la compatibilidad de esos argumentos con el derecho internacional público vigente.

El Senado de EEUU le puso límites a Trump sobre Venezuela

La geopolítica contemporánea ha entrado, con la administración Trump, en una fase de realismo transaccional donde las potencias han decidido sacrificar lealtades ideológicas por beneficios tangibles. El concepto de esferas de influencia, que parecía enterrado tras la caída del muro de Berlín, resurge con una fuerza pragmática que redefine las fronteras del poder.

Los hechos se imponen sin importar ideologías, esta realidad nos marca que un nuevo orden mundial debe gestarse de la mano de un nuevo derecho internacional. Hoy existen tres grandes polos dominantes: Estados Unidos, Rusia y China. La Unión Europea no actúa como un actor geopolítico relevante, ni tampoco otros bloques. Organismos como la Organización Mundial del Comercio, la ONU o la OEA pierden peso en esta nueva definición impulsada por Donald Trump.

La reciente inacción de Rusia ante operaciones militares estadounidenses en el hemisferio occidental sugiere un cambio profundo en la doctrina de seguridad de Moscú. Históricamente, Rusia ha utilizado su presencia en el Caribe como una carta de negociación frente al avance de la OTAN en Europa del Este. Al permitir la neutralización de sus activos en Venezuela sin represalias diplomáticas, el Kremlin parece haber aceptado un intercambio de prioridades que favorece su consolidación territorial en su propia frontera.

El turno de Groenlandia: "Soy fan de Dinamarca, pero..."

Por su parte, Estados Unidos ha retomado una versión actualizada de la Doctrina Monroe, priorizando la seguridad y el control de recursos en el continente americano. Esta estrategia busca eliminar la influencia de competidores extracontinentales en áreas críticas para la cadena de suministro energética.

De Venezuela interesa la mayor reserva de petróleo en el mundo. De Groenlandia interesa la ruta más corta entre Estados Unidos, Rusia y Europa y es vital para Trump, por el uranio y los recursos de tierras raras que resultan claves para la tecnología aplicada a la defensa territorial.

La reducción del apoyo militar a Ucrania es la otra cara de esta moneda transaccional que domina la agenda internacional en los actuales tiempos. Los retrasos en los envíos de armamento avanzado sugieren que se ha alcanzado un techo en el compromiso de Estados Unidos en aquel conflicto. Este enfriamiento no es casual, sino que responde a una clara estrategia que favorece a Rusia a cambio de soslayar acciones militares en otras regiones.

China surge como el gran afectado en este aparente entendimiento entre Washington y Moscú sobre el control de los recursos americanos. La falta de apoyo ruso para proteger las inversiones chinas marca una grieta importante en la alianza que anteriormente parecía inquebrantable entre ambos gigantes euroasiáticos.

La acción militar también se ajusta a estas nuevas realidades, desplazando su enfoque de grandes invasiones a operaciones de precisión quirúrgica. La eficiencia demostrada en la operación en Venezuela sin desatar un conflicto total marca un precedente para futuras intervenciones internacionales.

El papel de la OTAN está siendo cuestionado por sus propios miembros europeos ante la percepción de que la seguridad continental es negociable. La disminución del paraguas de seguridad estadounidense obliga a los países de Europa Occidental a acelerar su propia autonomía defensiva y presupuesto militar.

La doctrina de realismo transaccional aplicada por el liderazgo de Trump, prioriza el retorno de inversión sobre los valores democráticos tradicionales. Este enfoque pragmático reduce la fricción innecesaria con adversarios ideológicos siempre que se cumplan objetivos económicos específicos y de seguridad nacional.

La diplomacia de los hechos consumados reemplaza a la diplomacia de las cumbres multilaterales, acelerando los tiempos de respuesta ante crisis internacionales. El nuevo orden mundial se caracteriza por la primacía de la fuerza: el fuerte se impone y el débil entra en una fase de decaimiento. Observaremos el declive del multilateralismo y la desaparición progresiva de la cooperación internacional. El principio fundamental de esta etapa es el accionar unilateral, invocando de forma permanente la seguridad nacional como prioridad absoluta.

No es el auge ni el reinado de la democracia liberal, lo que mueve la política exterior de Trump, sino el aseguramiento de sus zonas de influencia geopolítica.

La crisis de las instituciones internacionales se agrava al ser ignoradas por las potencias que tradicionalmente las lideraban en el pasado cercano. El Consejo de Seguridad de la ONU se vuelve irrelevante cuando las decisiones de guerra y paz se toman por otros canales. Esta erosión del derecho internacional multilateral deja un vacío que es llenado por el poder militar, el poder económico y la capacidad de negociación directa entre jefes de estado.

El futuro del orden mundial parece dirigirse hacia una multipolaridad fragmentada donde cada uno de los tres bloques gestiona sus propios problemas sin interferir en los ajenos. Este sistema de no intervención mutua en esferas de influencia críticas reduce el riesgo de una tercera guerra mundial, pero aumenta la frecuencia de conflictos locales. La paz global se mantiene gracias a una serie de sacrificios regionales que son aceptados como el costo necesario para la estabilidad general.

Con Trump ha comenzado el punto de partida en que el orden internacional de la posguerra, sea definitivamente reemplazado por la cruda realidad del poder transaccional.


Esta nota habla de: