Vendimia, acto 3: Llovió

Paso a paso, domingo a domingo, Esteban Tablón, desde la finca en Tunuyán, nos cuenta cómo se desarrolla la cosecha de la uva, la vendimia, en un apasionante relato en capítulos y en tiempo real.

Esteban Tablón

Llovió. Mucho. En una tierra en la que el agua escasea, que en realidad está en emergencia hídrica hace diez años, llovió ¡Qué bueno!, dirá usted. No, no es tan fácil.

Aviso -viene contenido técnico- (creo que le gustará igual).

Llovió. Y el agrónomo, que organizó todo dentro de lo más cercano a lo ideal. Que en su momento diseñó la poda apuntando a una carga -cantidad de kilogramos de fruto por hectárea de viñedo- óptima (que no siempre es la máxima, ya le contaré). Que evaluó el crecimiento, mediante la observación directa y también usando tecnología de tratamiento de imágenes satelitales o de drones. Que determinó la cantidad de gotas que recibe cada planta (si, así como lo lee, ¡la cantidad de gotas de agua por día!) Ese viticultor, que habiendo hecho bien su trabajo, además logró sortear heladas tardías, que quemarían las yemas, los brotes, que también logró evitar la devastadora granizada, ya sea con la disciplina de haber logrado que los dueños de los campos hicieran la inversión en tela protectora, o eventualmente por mera suerte, que además tuvo la estrategia correcta para evitar pestes y que llegó al inicio de la vendimia contento, satisfecho más bien, de esos racimos que están llegando a su punto justo, con lo cual va a entregar al enólogo, que siempre estuvo atento e involucrado en ese cuidadoso seguimiento y la oportuna decisión, un fruto para hacer grandes vinos. 

Ese viticultor, agrónomo en los grandes viñedos, el directo propietario en otras haciendas, ahora muestra cierto grado de preocupación. Es que en este capítulo de vendimia aprendí algo completamente nuevo, una nueva virtud de esta actividad, que inclusive tiene, algo de misterio.

Le cuento. En esta verdadera pulseada con la agreste condición del suelo y la ambiental, si usted sabe observar, verá un lado virtuoso y ancestral de la humanidad. La tenacidad y el equilibrio del esfuerzo sostenido, paciente pero constante. Uno nota un temple y un equilibrio de una naturaleza que nunca percibí en la mayoría de las actividades de la empresa humana actual, comercial, o industrial clásica.

¡Esto es tan diferente! Es una lenta pero tensa partida de truco. El factor clave es que la naturaleza siempre es mano. ¿Qué quiero decir? Los tiempos son los del crecimiento y evoluciones de una planta. Ni más ni menos, no hay forma ni de apurar, ni de demorar. Uno, que viene de afuera, de otro mundo, está acostumbrado que las cosas sean más parejas, si recibe muchos pedidos y necesita más insumos, los compra, si vendió más de lo habitual y se va a quedar sin mercadería en la estantería, pide más. Punto. Olvídese de eso en la viña. 

El terreno, ceñudamente seco, pero muy rico, permite, uno diría casi por la fuerza, que crezca la fuerte y leñosa vid, en una explosión de fertilidad y vida de tres, máximo cuatro meses. El viticultor opera, pero está frente a fuerzas que lo exceden largamente. Tiene que terciar entre fuerzas titánicas, frente a las que los seres humanos somos muy pequeños. Suelo, naturaleza y el clima. Pero, en una tradición milenaria, sostiene la partida, con las herramientas que tiene. El riego, en la acotada cantidad de agua de que dispone. La poda, y otras operaciones sobre la canopia (las "ramas" de la vid). Abono, algo de sanidad. No mucho más. Y los buenos alcanzan, en esta partida, un equilibrio. Es una victoria, pero a mi me sabe a muy meritorio empate. Esa era la sensación, hasta que llovió.

La lluvia, en típicas tormentas de verano, cayó copiosamente. Y vino a poner en cuestión todo el equilibrio, el empeño, la pulseada de un año.

¿Por qué lo pongo en términos de equilibrio? Porque mire lo que pasa ahora. Si se jugó la partida con tino, con responsabilidad, su viñedo resistirá -hasta un punto- esta ultima jugada de la naturaleza. Sólo cambiará un poco la fecha de cosecha, ya le contaré también lo finito que es eso, o en todo caso, algo diferente en la concentración de azúcar, cosas que se manejarán, después, en la bodega. Ahora, si fue descuidado, o fue ambicioso, si apostó fuerte, mi amigo, está en problemas. La naturaleza, tacaña hasta la crispación con el agua todo el año, le cambia la mano y le manda de un golpe, toda la lluvia que tiene. Y si lo agarra mal parado, lo voltea. Aparece la palabra botrytis -en mi mundo le llamamos se pudrió- La botrytis llega tarde o temprano, sólo la evita cosechando a tiempo. Pero si llueve mucho, se adelanta, y si usted jugó, por ejemplo, a obtener demasiados kilos, le aparece antes de que pare de llover y pueda activar la cuadrilla para recoger el racimo, cerrar la partida, y refugiarse en la bodega. De otra manera, no le queda otra que ver como al principio algunos granos se rompen y chorrean, para extenderse rápida y fatalmente a todo el racimo. Si fue prudente, metódico, respetuoso de la naturaleza, seguramente sorteará este último escollo, sólo habrá habido miradas algo más serias en el comedor...

No lo sabía, no lo esperaba, una partida hombre-naturaleza, y una última jugada en la que podría perderlo todo. No me diga que no es un magnífico mundo paralelo este que habito últimamente...

Y esto recién empieza...

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