Víctimas del Homocausto: los homosexuales durante el nazismo

El nazismo dejó tras de sí millones de muertos y una cifra incalculable de víctimas. Entre las más olvidadas se encuentran las personas LGTB -sobre todo los gays, quienes sufrieron los mayores rigores de la persecución-, una población que vivió una dura represión y no recibió reconocimiento hasta prácticamente el siglo XXI.

El Holocausto nazi supuso uno de los mayores genocidios en toda la Historia de la humanidad. Estuvo dirigido principalmente contra judíos, eslavos, gitanos, discapacitados, testigos de Jehová, opositores al régimen y homosexuales varones; en total, una cifra de varios millones de muertos de difícil cuantificación debido a la disparidad de criterios en la definición y, sobre todo, la insuficiente documentación. Individualizar el número de víctimas de cada uno de estos colectivos tampoco resulta una tarea sencilla; en el caso de los hombres homosexuales, las investigaciones de Rüdiger Lautmann arrojan el resultado de que entre 1935 y 1943 casi 50.000 civiles homosexuales -de unos 100.000 arrestados- fueron condenados a prisión en virtud del infame párrafo 175 del Código Penal prusiano, que penaba las relaciones sexuales entre varones, y entre 5.000 y 15.000 condenados y detenidos en prisión preventiva fueron a parar a campos de concentración, donde su índice de mortalidad rondaba el de los judíos -en torno al 60%- a pesar de no existir una vocación tan expresa de eliminar a los homosexuales.

Estas cifras, comúnmente admitidas, están, sin embargo, incompletas. Debido a la escasez de registros y a la destrucción de archivos durante las últimas semanas de vida de los campos, no existen datos de condenas entre 1943 y el final del régimen en 1945. Tampoco se incluyen las condenas a homosexuales basadas en otros artículos utilizados alternativamente al 175 ni las cifras de homosexuales internados sin sentencia o con distintivos diferentes al triángulo rosa ni las ejecuciones sumarias o selectivas en el ejército, las calles o al ingresar en los campos ni las pérdidas en el frente de homosexuales condenados. Por último, están sin cuantificar las víctimas de las esterilizaciones, experimentos médicos e internamientos psiquiátricos, muchos de los cuales acabaron en muerte. Así, distintos investigadores dan cifras bastante superiores, desde 200.000 hasta el millón; el propio Rudolf Höss, después comandante de Auschwitz, afirmaba haber supervisado el exterminio de dos millones de homosexuales en Dachau.

Los supervivientes gays conocidos del Holocausto fueron menos de una veintena. Gracias a sus relatos y diversas investigaciones, ha sido posible recrear la vivencia de las personas LGTB durante el III Reich. Sin embargo, la escasez y la fiabilidad incierta de datos y relatos aconsejan cautela a la hora de aproximarse a un tema más bien desconocido y con un gran riesgo de caer en el victimismo.

Para ampliar: "Exterminio bajo el nazismo", Fundación Triángulo en Orientaciones, 2003

El edén perdido

El Código Napoleónico de 1810 fue el primero de la Historia en despenalizar las relaciones entre personas del mismo sexo al considerarlas un delito "imaginario". Siguiendo la Ilustración francesa, las legislaciones de Baviera y Hanóver hicieron lo mismo en 1813 y 1840, respectivamente; de hecho, varios territorios alemanes contaron con soberanos homosexuales durante los siglos XVIII y XIX. Tras la guerra franco-prusiana (1870-1871), el káiser Guillermo I de Alemania instauró el II Reich y extendió a todo el Imperio alemán el Código Penal prusiano, cuyo artículo 175 castigaba con penas de prisión y pérdida de los derechos civiles "la fornicación contra natura realizada entre hombres o de personas con animales". A lo largo de más de medio siglo, convivirían en la sociedad y la política alemanas dos tendencias: una conservadora, respaldada por las nacientes teorías psiquiátricas de higiene social -que posteriormente servirían de sustento científico para la "Solución final"-, que exigía la extensión de la prohibición a las mujeres, así como al aborto, la prostitución, la emancipación femenina y la pornografía, y una de corte progresista, que permitió cierta laxitud en la aplicación de la ley durante la República de Weimar y el nacimiento del primer movimiento por la emancipación homosexual.

Ya en los años 60 del siglo XIX, el abogado Karl Heinrich Ulrichs había acuñado el término uranista para referirse a los varones homosexuales y se manifestó públicamente a favor del fin de su criminalización. Durante el cambio de siglo, el psiquiatra Magnus Hirschfeld continuó la lucha de Ulrichs y, con la ayuda de los socialdemócratas y comunistas, consiguió el apoyo parlamentario para la reforma penal, que se vio frustrada en el último momento por la crisis financiera que sucedió al crack de 1929. El clima social, efectivamente, era el idóneo: al igual que en otros países europeos, los "felices años 20" estuvieron marcados por el intenso desarrollo de una cultura uranista -sobre todo en la capital-, con locales, fiestas y publicaciones propios y organizaciones políticas, culturales y sociales que contaban con decenas de miles de miembros -se calcula que en Alemania había unos 1,2 millones de hombres homosexuales en 1928-. Pero no todo era tan brillante en este edén: cada año cientos de hombres eran encarcelados en virtud del párrafo 175 y comenzaban a fraguarse grupúsculos ultranacionalistas que llegaron a atacar en varias ocasiones a Hirschfeld y a asesinar al ministro de Exteriores Walther Rathenau -significativamente, ambos judíos y homosexuales, aunque hubiera otros motivos detrás de los ataques- y que conformarían la base para el Partido Nacionalsocialista.

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