Quién mató al Gauchito Lencinas, el lider del populismo radical de Mendoza
La muerte violenta de Carlos Washington Lencinas, ocurrida ante una multitud en el verano de 1929, todavía es un misterio. Un relato apasionante de un magnicidio cometido frente a la Plaza San Martín hace 97 años.
"En política no hay nadie que este definitivamente muerto" (Carlos Washington Lencinas).
Después de un agotador periplo en tren, llega finalmente en el BAP (Buenos Aires al Pacífico), Carlos Washington Lencinas, caudillo de la UCR Lencinista, el ala populista del radicalismo con sede en Mendoza, tendencia que tendrá su espejo en San Juan con los hermanos Cantoni, con quienes conforman lo que se denominó "populismo cuyano", no sin un dejo peyorativo.
El Gauchito Lencinas, tal como sus partidiarios y seguidores llaman con cariño, es en realidad, en noviembre de 1929, un ilustre derrotado. Su diploma de su diploma de senador nacional electo por la Legislatura de Mendoza , ha sido rechazado en el Senado de la Nación, con tretas dilatorias amañadas por el yrigoyenismo triunfante en las elecciones de abril de 1928, que han llevado al Peludo Yrigoyen en ancas a su segundo mandato constitucional.
Pocas cosas unían a Hipólito Yrigoyen y Marcelo T. de Alvear. Los separaban ambiciones, estilos y proyectos políticos. Pero respecto del lencinismo mendocino no los unía el amor, sino el espanto. Los viejos compañeros de la Revolución del Parque habían terminado liderando facciones enfrentadas del radicalismo y concebían la política de maneras muy distintas. Sin embargo, había una excepción notable: ambos desconfiaban profundamente del lencinismo mendocino.
Carlos Washington Lencinas encarnaba todo aquello que incomodaba a los dirigentes nacionales. Era un caudillo popular, imprevisible, autónomo y difícil de disciplinar. Gobernaba más atento al pulso de la calle que a las convenciones partidarias y había construido un poder propio que no dependía de Buenos Aires. Para sus seguidores era el heredero natural de su padre, el Gaucho José Néstor Lencinas; aquel que para sus adversarios era agitador peligroso.
No fue casual que Mendoza soportara tres intervenciones federales en menos de una década: contra José Néstor Lencinas en 1920, contra Carlos Washington en 1924 y contra Alejandro Orfila en 1928. Más allá de las diferencias entre alvearistas e yrigoyenistas, existía un acuerdo tácito: el lencinismo debía ser contenido.
Cuando el Gauchito regresó a Mendoza en noviembre de 1929, volvía derrotado en su intento de obtener la banca de senador nacional. Pero seguía siendo el único dirigente capaz de movilizar multitudes y desafiar a la intervención federal. Sus enemigos lo sabían tan bien como sus partidarios.
Vuelve entonces vencido a la casita de los viejos, al decir de Cadícamo y Cobián en el remanyado tango. Vuelve vencido en el Senado, pero dispuesto a dar batalla a la intervención federal de Carlos Borzani, instalada en la vieja casa de gobierno de Mendoza, sobre calle Rivadavia frente a la Plaza Independencia. Vuelve para contrarrestar la violencia que la intervención yrigoyenista ejerce sistemáticamente contra su partido.
Mientras da batalla para obtener su diploma de senador en Buenos Aires, en Mendoza, en octubre de 1929, sus hermanos Rafael Néstor y José Hipólito, son encarcelados. La situación en Mendoza no puede ser más desfavorable para el ex gobernador, el más joven que la provincia tuvo. Su familia perseguida y encarcelada, y él mismo amenazado de muerte. Por eso, a sabiendas de que en su terruño lo espera un Gólgota que no podrá esquivar, ya que regresa sin fueros parlamentarios, se toma ese tren, el último, para estar en su puesto de lucha, al frente del lencinismo.
Un primer relato
A las 16,45 del domingo 10 de noviembre, el tren arriba a la estación Mendoza . Viene de un recorrido lento, cansador y tenso. El caudillo no ha mezquinado saludos y discursos en respuesta a las innumerables muestras de cariño de la gente a lo largo del recorrido del tren ni bien éste se detuvo en la estación de La Paz. Finalmente pisa suelo mendocino aquel que ocupó el sillón de San Martín cuando tenía apenas 31 años de edad. Un suelo donde la gente lo elevó al poder en 1922 y la intervención federal de 1924 lo bajó al llano, tratándolo como un delincuente común, con destino a la ratonera carcelaria de calle Boulogne Sur Mer.
Por unos metros es llevado en andas, vitoreado, aclamado con frenesí por casi 5000 almas que han ido a recibirlo como a un mesías malogrado, almas que vienen a refrendar su adhesión a la causa popular que él representa, a pesar de todas las denuncias en su contra y su gobierno. Fue a buscar un diploma de senador, regresa sin él a una provincia intervenida que persigue todo lo que huele a lencinismo.
Es una tarde que ya anuncia los calores venideros. 30 grados centígrados de una tarde de domingo, que muy pronto se convertirán en muchos más, al calor de un ambiente caldeado por el odio y el desprecio más cerril.
La caravana "triunfal" toma por calle La Heras hacia el este, dobla por Perú, gira hacia Necochea y finalmente arriba al Círculo de Armas en calle Avenida España, entre Gutiérrez y Necochea, solar que hoy ocupa el Banco Francés. Es el lugar elegido para que el Gauchito dirija su palabra a sus simpatizantes. Cuando Lencinas se ubica en el último balcón del edificio, en sentido sur-norte, ya se calcula un número de 10.000 personas repartidas entre Avenida España y Plaza San Martín.
"En el cielo las estrellas
En el campo las espinas
Y en el medio de mi pecho
¡Carlos Washington Lencinas"
Así cantaban los lencinistas. Hacía rato que habían abandonado las boinas blancas como emblema partidario, para reemplazarlas por las alpargatas blancas y eso enfurecía a los radicales del viejo tronco.
Lo anteceden varios correligionarios en el uso de la palabra. Cuando se apresta a dar su discurso el periodista García Pinto, un hombre, identificado luego como José Cáceres, se abre paso entre la multitud al grito de "¡Viva la Unión Cívica Radical!¡Viva Hipólito Yrigoyen!". Camina por Avenida España en dirección norte; sus gritos, sus saltos y ademanes dejan ver la culata de un arma que emerge por sobre su cinto. Alguien lo observa. Es Francisco Echave Peacock, quien encara a Cáceres y sin más le dispara. Alcanza a herirlo "en un brazo, una mano y el bajo vientre, Francisco Echave Peacock, recibe un impacto en la mandíbula". A partir de allí el pandemónium. De pronto salen a relucir más armas de fuego entre la multitud, se generaliza el tiroteo. El caos es total. La gente huye despavorida hacia Plaza San Martín para esconderse en donde se pueda. Es tal el torbellino de confusión y sonido de detonaciones, el humo y los gritos, que solo los que están al lado de Carlos Washington Lencinas en el balcón, advierten que el caudillo, presa de un dolor fulminante como el rayo, se lleva una mano al pecho, trastabilla y se desploma en los brazos de los que lo rodean.
De su costado izquierdo mana abundante sangre igual que de su boca. Lo llevan con toda la premura del caso hacia una mesa de billar, con la esperanza de reanimarlo. Pero la autopsia dejará en claro que no sobrevivió al disparo más de diez minutos.... Lencinas ha muerto, los peores pronósticos se han cumplido y las amenazas se han hecho realidad. Alguien, un experimentado francotirador, le ha acertado un balazo mortal que ha puesto fin a su historia.
Facsímil primera plana del Diario Los Andes del 11 de noviembre de 1929 (Gentileza: Rubén Lloveras)
Lo que vio Fernando de Rosas
Ochenta y tres años después del asesinato, una llamada telefónica aportó una versión inesperada. Al terminar la emisión del programa "Historia Activa", que entonces se emitía por Radio Nacional Mendoza, llamó por teléfono a la emisora Fernando de Rosas , quien manifestó que, por boca de su padre, también de nombre Fernando de Rosas (1911-1980), conocía otra versión del asesinato de Lencinas, ya que su padre estuvo muy cerca de aquél en el palco donde halló la muerte.
La tarde del 10 de noviembre de 1929, su padre, que contaba entonces 18 años de edad, se hallaba muy cerca de Carlos Washington Lencinas en el balcón del Circulo de Armas. Tenía ese lugar de privilegio por ser pariente del ex gobernador (su apellido completo era De Rosas Taboada Lencinas). Cuando promediaba el discurso del antecesor del Gauchito, una cuadra calle abajo (se trataría de la esquina de calle Necochea con Avda. España), apareció un coche a muy alta velocidad, que se detuvo un instante solo para que sus ocupantes, todos hombres armados, dispararan al aire, para luego emprender la retirada tan velozmente como habían llegado. Esta evidente maniobra de distracción logró su cometido, pues todos los que rodeaban a Lencinas en el balcón, incluso el Gauchito mismo, miraron hacia esa dirección para saber qué sucedía. En esa fracción de segundo, aprovechando el desconcierto, uno de los guardaespaldas de Lencinas, que se hallaba atrás del caudillo mendocino, se adelantó unos pasos hasta tener de frente al caudillo, tras lo cual le descerrajó un balazo a quemarropa, directo al pecho, matándolo en el acto. Tras el hecho, se generalizó la balacera y el pánico, por lo que el asesino pudo escabullirse fácilmente sin ser notado. Nadie lo vió excepto ese chico atónito de 18 años llamado Fernando De Rosas, quien nunca refirió a nadie lo narrado, porque tenía un justificado temor de ser el destinatario de alguna otra bala en el futuro.
El Círculo de Armas tal como en la época en que fue asesinado Lecinas (Gentileza: Rubén Lloveras).
Paralelas magnicidas
Entre el primer relato y el segundo hay un nexo, aunque explicado de distinta forma: en uno tenemos que el tiroteo comienza y se generaliza cuando Echave Peacock dispara contra Cáceres y éste, u otra persona no identificada, responde con más balas, provocando la confusión y el caos en medio del cual, alguien dispara y hiere de muerte a Lencinas. En el segundo relato, la balacera aparece como maniobra distractiva producida por un grupo de agitadores que se desplazan en un automóvil y disparan al aire logrando que los asistentes y la propia víctima, les presten atención, lo que da tiempo y lugar a un supuesto guardaespaldas que aprovecha esa fracción de segundo para matar al caudillo a quemarropa.
Hay más literatura, pero las dos versiones son las más difundidas hoy en día, teniendo en cuenta que hace mucho tiempo la versión oficial o canónica que instaló la intervención Borzani difundida hasta el cansancio por décadas, afirmaba que el matador había sido Cáceres. Los móviles del asesinato atribuido a Cáceres van desde un desengaño amoroso (Lencinas tenía una larga fama de mujeriego y seductor de mujeres ajenas, decían), hasta el simple acto de un sicario pagado por Borzani y sus muchachos, entre los que se contaba el fiscal del crimen, un tal Ricardo Balbín, joven y entusiasta abogado persecutor del lencinismo y hombre de acción de la intervención federal.
Si hemos de ajustarnos a la autopsia del cuerpo del ex gobernador, encabezada por el médico Pedro Escudé, realizada en el antiguo Hospital Provincial (según reconstruye Rubén Lloveras en Crónicas rojo sangre en la Provincia de Mendoza), debemos atender que El informe oficial de la autopsia constata que el cadáver presenta herida de bala de pistola Malincher penetrante de arriba hacia abajo y de delante hacia atrás con orificio de entrada a la altura del segundo espacio intercostal derecho, habiendo en su recorrido perforado la aorta y pulmón izquierdo y con orificio de salida entre el tercer y cuarto espacio intercostal izquierdo. Las características de la herida permiten asegurar que el disparo fue hecho a una distancia de 5 a 7 metros, siendo el proyectil calibre 38 y de gran potencia de esos que perforan las camisetas o mallas de acero. El deceso ha producídose casi en forma instantánea, a lo sumo diez a quince minutos después de ser causada la herida".
De esa autopsia realizada en un momento caótico y desesperante, surge una evidencia que otorga primacía al primer relato sobre el segundo: no había pólvora ni en el orificio de entrada, ni en la ropa de Lencinas, por lo tanto, el disparo no pudo haber sido hecho a quemarropa o a muy corta distancia. Y otro pequeño detalle de esa jornada luctuosa y demencial, es el cambio que subrepticiamente se hizo de la bala asesina, que fue encontrada de una manera muy particular. Cuando el cadáver de Lencinas fue desnudado y acomodado en la camilla de la morgue, de sus ropas se desprendió el proyectil, que estaba alojado entre la camisa y la camiseta y cayó al piso.
El killer español, la versión de peluquería
Como expresé anteriormente, la literatura sobre el magnicidio que conmovió a Mendoza y al país, es profusa y diversa. Hay incluso un relato efectuado por uno de los hermanos de Lencinas, Rafael Néstor, que cuenta que, en una de sus visitas a Buenos Aires, "escuchó una conversación de esas que solo se hablan en las peluquerías, un hombre relataba con lujos de detalle sobre el atentando de Carlos Washington Lencinas en Mendoza, diciendo '... la Intervención liberó de la cárcel de La Plata a un anarquista español que tenía gran habilidad con las armas y mucha puntería, con la condición de que matara a Lencinas, sube en el mismo tren de regreso, por si se presenta la posibilidad de asesinarlo durante el viaje, cosa que no ocurre, luego baja en la Estación de Mendoza y se dirige guiado por personal de Investigaciones a la Plaza San Martín, donde toma un lugar inmejorable para efectuar el disparo que mata a Lencinas, luego de ejecutar el plan macabro es subido nuevamente a un tren con dirección a Buenos Aires, de ahí guiado a un barco rumbo a la España natal, en premio por la tarea realizada...'". Quien así hablaba, con la intención de que todos lo escucharan, era nada menos que Juan Nicolás Ruggiero, más conocido como "Ruggierito", mafioso y mano derecha del intendente de Avellaneda, el caudillo Alberto Barceló.
La agonía del lencinismo
De todas estas narraciones se puede concluir lo siguiente: la bala que mató a Carlos Washington Lencinas, también hirió de muerte al lencinismo en Mendoza, quien ya nunca más levantó cabeza y perdió su base de sustentación política en forma definitiva. Sus hermanos intentaron manejar el timón según sus preferencias políticas personales: el radicalismo, el peronismo e incluso el comunismo. Sin embargo, lo cierto es que el movimiento nuevo y pujante fundado por José Néstor y seguido por su hijo Carlos Washington, murió violentamente aquel aciago y lejano 10 de noviembre de 1929. Una muerte de domingo. La de un hombre y la de un movimiento.
Fuentes y bibliografía consultada
Diario Los Andes. Edición del 11 de noviembre de 1929. Reproducida posteriormente en "1929: el asesinato de Lencinas".
Trianes, Francisco José. "Francisco José Trianes: segunda línea e intelectual lencinista". En Políticas, industrias y servicios en Mendoza (1918-1943).
Lloveras, Rubén. Crónicas rojo sangre en la Provincia de Mendoza. SS&CC Editores, 2015. Capítulo "Carlos Washington Lencinas", págs. 115-148. Cruz, Alejandro. "Nueva versión histórica: ¿quién mató a Lencinas?". MDZ, 3 de agosto de 2012.