Las dos Argentinas ¿la necesaria o la otra?

¿Cuál es el proyecto de país que refleja el sistema universitario argentino? El interrogante es una plataforma de despegue para el desarrollo del planteo de la investigadora, autora de esta columna.

Isabel Bohorquez
Doctora en Educación, investigadora y analista

 Hemos tratado en entregas anteriores, el serio problema de la oferta académica universitaria que en Argentina se corresponde mayoritariamente a las Ciencias Sociales y a las Ciencias Humanas con graves deficiencias en la formulación de muchas de sus carreras por hiperfragmentación y superposición entre otros aspectos.

Ver: La sábana corta de las universidades

En este texto abordaremos un posible proyecto de país reflejado en el sistema universitario argentino a través de esa oferta y sus implicancias de un modelo de desarrollo.

Hay dos modelos en pugna dentro del ámbito académico (y hasta aquí la politización excesiva y la autonomía institucional mal ejercida, vienen inclinando la balanza hacia el primero):

1- el modelo más conservador -a pesar del discurso progresista-, favorecedor de las élites, propio de principios del siglo XX, que atrasa y no acompaña a la demanda actual de perfiles profesionales.

La altísima concentración de la oferta universitaria (y de la matrícula estudiantil) en ciencias sociales y ciencias humanas (supera el 50% al 60%) no es una casualidad, es el reflejo institucional de modelos de país, de Estado y de desarrollo que se consolidaron a lo largo del siglo XX y que conviven en tensión con las demandas del siglo XXI.

"Nuestras universidades nacieron no para crear ciencia o impulsar la técnica aplicada a la producción, sino para dotar de títulos profesionales a los hijos de las clases dominantes y proveer de juristas y administradores a la burocracia del Estado. [...] Esta estructura de facultades aisladas consagró una educación superior puramente profesionalista y humanística, divorciada de las necesidades de transformación material de nuestras sociedades" (Darcy Ribeiro, La universidad latinoamericana, 1971).

"La universidad argentina operó históricamente más como un mecanismo de legitimación cultural y de ascenso social para las capas medias que como un factor dinámico integrado al aparato productivo fabril. La masificación de las matrículas en carreras de humanidades, derecho y ciencias sociales acompañó de manera orgánica el crecimiento de un modelo de país apoyado en el empleo público y en el sector de servicios urbanos, donde el título universitario funcionaba como el principal escudo y pasaporte social"  (Pedro Krotsch, Educación Superior y Reformas Universitarias en la Argentina, 2001).

Ambas citas refieren a autores (la negrita es nuestra), la primera de Darcy Ribeiro (1922-1997) y la segunda de Pedro Krotsch (1942-2009), pensadores que se autodefinieron, Ribeiro como un socialista democrático, nacionalista popular y ferviente latinoamericanista. Su pensamiento político y antropológico se encuadra firmemente dentro de la izquierda intelectual y el socialismo del Tercer Mundo. Y Krotsch, como de centro-izquierda, reformista y fuertemente consustanciado con la defensa de la universidad pública autónoma. Su enfoque sociológico combinó elementos del marxismo gramsciano con el nacionalismo popular.

Cito a Ribeiro (brasileño) y cito a Krotsch (argentino, nació, vivió y murió en Buenos Aires) para poner de relieve que pensadores de referencia para el sector progresista de izquierda, han criticado el modelo de país implícito en el sistema universitario, a pesar de que el argumento defendido de parte de ese mismo sector es la preeminencia de lo social, la apelación al Estado como benefactor y la inclusión a la vez que el ascenso social a través de la obtención de un título universitario.

¿Pero, quiénes acceden a la universidad, quiénes se gradúan y quiénes tienen una inserción laboral asegurada?

En Argentina, la universidad pública consolidó su prestigio al comienzo del siglo XX como el gran motor de ascenso social. Sin embargo, ese ascenso se diseñó bajo la matriz de las profesiones liberales tradicionales y así permanece.

En la última década se graduaron en el país 4 contadores por cada informático (se recibieron 90.543 contadores frente a 23.000 profesionales de computación, sistemas e informática) y 3 abogados por cada médico (se graduaron 161.351 abogados frente a 49.756 médicos).

Para un estudiante de primera generación universitaria, una carrera humanística o social (Derecho, Psicología, Trabajo Social, Ciencias de la Educación) suele percibirse como un camino con menor barrera de ingreso pedagógico en comparación con las ciencias aplicadas y/o exactas y con una salida laboral autónoma o ligada al sector servicios y al empleo público, históricamente el principal amortiguador del desempleo.

Los estudios de inserción laboral demuestran que un joven de clase media-baja (si llega a la universidad) prefiere estudiar una carrera social o jurídica antes que una ingeniería pesada porque el riesgo de deserción en las ciencias duras es altísimo y, si se recibe, el tejido industrial argentino es tan inestable que no le garantiza estabilidad económica. El título humanístico, en cambio, le otorga un "capital cultural" flexible para defenderse en el sector servicios o el aparato estatal.

También, las universidades se exceden en la oferta en las áreas sociales y humanas porque adolecen de una endogamia institucional: las ofertas están pensadas en función de las propias universidades y no miran a los estudiantes, así como tampoco su futura inserción laboral. Cada universidad opera como una federación de facultades que defiende su propio territorio y sus propios puestos de trabajo.

Las universidades, al poseer autonomía para diseñar su oferta, tienden a abrir carreras no necesariamente porque el sector productivo las demande, sino porque tienen una planta docente instalada en ciertas disciplinas que necesita justificar sus cargos, o porque los propios claustros políticos internos presionan para expandir sus áreas de influencia. Si cerca del 60% de la oferta académica y, por ende, de los profesores estables, pertenecen a las ciencias sociales y humanas, la propia dinámica institucional empujará a la creación de posgrados, orientaciones y nuevas licenciaturas dentro de esa misma órbita, retroalimentando el porcentaje de matrícula en esas áreas.

Es necesario agregar que el costo por estudiante y la implementación de carreras sociales y humanísticas es mucho menor, solamente se requieren aulas, bibliotecas y fundamentalmente docentes, a diferencia de carreras del área de ciencias aplicadas, de la salud y ciencias exactas que requieren laboratorios de alta complejidad, instalaciones diversas, insumos dolarizados y tecnología que probablemente se desactualice en tres años.

Emprendimientos de esa escala de costo requieren también acuerdos con sectores privados interesados en el avance científico y tecnológico de su interés.

Las universidades parecen haberse quedado en el pasado tradicional liberal y cabe preguntarse:

¿qué modelo de país tiene la intelectualidad que compone esa masa crítica de docentes universitarios?

Más allá del modelo de institución educativa (napoleónica, nos adelantamos a afirmar) que abordaremos más adelante al revisar sus basamentos pedagógicos; la cuestión es ahondar en cómo las universidades ven a la Argentina, cómo entienden y discuten un modelo de desarrollo nacional que se pueda vehiculizar entre otros factores, a través de la educación superior, formando perfiles profesionales necesarios para ese modelo de desarrollo.

Parece que esta visión de desarrollo nacional sigue detenida en el modelo agroexportador de baja densidad tecnológica donde el núcleo de la riqueza se basa en la exportación de materias primas con bajo valor agregado o en industrias de ensamblaje básico.

El otro modelo en pugna es

2- el modelo desarrollista, cuyo principio es la soberanía productiva, energética y tecnológica, que prioriza la industrialización de la materia prima y la tecnologización de la matriz productiva agropecuaria, así como de la minería y los recursos naturales y la economía del conocimiento

Este modelo incluye de forma prioritaria el desarrollo tecnológico agropecuario (AgTech), la explotación minera, de recursos naturales y la industria de valor agregado, ya que en el paradigma de la Economía del Conocimiento ningún sector productivo se considera "tradicional" o de baja tecnología.

El software, la soberanía energética y la digitalización operan como tecnologías transversales que transforman la producción de materias primas y manufacturera en actividades de alta densidad tecnológica. Esta integración se manifiesta de manera concreta en tres grandes ejes:

· El Desarrollo Agropecuario Tecnológico (AgTech) y la Bioeconomía. El modelo ya no concibe al campo como un mero extractor de granos, sino como un complejo laboratorio biológico y digital de exportación global, donde se despliega la Biotecnología y la genética a través del desarrollo de semillas resistentes a sequías y plagas extremas, edición génica y bioinsumos que reemplazan los agroquímicos tradicionales; AgTech y la digitalización con la incorporación de plataformas de Big Data, sensores satelitales, drones y software de agricultura de precisión para maximizar el rendimiento por hectárea con menor impacto ambiental y la Bioeconomía con el procesamiento de biomasa y desechos agrícolas para la generación de bioplásticos, biocombustibles avanzados y moléculas de alto valor para la industria farmacéutica.

· La Industria 4.0 (Manufactura de Avanzada). La industria manufacturera se redefine a través de la inyección de software y automatización, transitando hacia fábricas inteligentes con sectores estratégicos integrados, con producción local de maquinaria agrícola autónoma, equipamiento médico de alta complejidad y componentes para la industria satelital y nuclear. A lo que se suma la conectividad de procesos con la implementación de internet de las cosas (IoT) en plantas industriales, gemelos digitales para simular producción y sistemas de inteligencia artificial para el mantenimiento predictivo de maquinaria pesada. Maquila de valor (modelo de producción donde una empresa contrata a otra para fabricar sus productos y, además, le suma servicios especializados como diseño, empaque, logística o control de calidad) en la cual el foco migra de la simple sustitución de importaciones básicas hacia la inserción en cadenas globales de valor mediante el diseño, la ingeniería y el desarrollo de patentes propias.

· La Extracción Eficiente e Industria 4.0 aplicada. El sector requiere una transición desde la minería tradicional hacia operaciones digitalizadas, conectadas y automatizadas, lo que demanda perfiles profesionales altamente especializados. Ingeniería en Minas con foco digital, automatización de yacimientos, uso de gemelos digitales para la simulación de túneles y logística de precisión mediante Internet de las Cosas (IoT), Geología de Datos (Geodata Science), Inteligencia Artificial y modelado en Big Data para la prospección mineral, procesamiento de imágenes satelitales y optimización de la exploración sin impacto invasivo, procesos de biolixiviación (uso de microorganismos para extraer minerales de forma limpia) y biorremediación de suelos; Procesamiento local y de valor agregado (la cadena del litio y el cobre o la explotación hidrocarburífera y energética en la Patagonia -Vaca Muerta) cuyo objetivo estratégico es romper con el esquema minero primario, industrializando los minerales dentro del territorio antes de su exportación; Ingeniería Química e Ingeniería en Materiales Avanzados, desarrollo de celdas de baterías de ion-litio, refinamiento de cobre puro para la electromovilidad y aleaciones metálicas estratégicas.

En cuanto al modelo de servicios y economía del conocimiento, se puede observar que -especialmente en la oferta académica de gestión privada- hay un giro hacia un crecimiento de carreras específicas como Inteligencia Artificial y Ciencia de Datos buscando formar perfiles "híbridos" que combinen tecnología con negocios y finanzas digitales, Biotecnología y Negocios Agroecológicos que reflejan una apuesta por sofisticar la matriz productiva tradicional del país (el agro), moviéndose hacia modelos de mayor valor agregado y sustentabilidad o Finanzas y Management de Startups debido a que hay un énfasis creciente en la formación de emprendedores y gestores de capital humano para una economía desregulada y digitalizada.

El informe de los investigadores Sebastián Fuentes y Sandra Ziegler (CONICET/FLACSO) analiza cómo las universidades privadas en Argentina se expandieron recientemente mediante dos estrategias principales: la customización (adaptación a los perfiles de los estudiantes) y la territorialización (despliegue en nuevas áreas geográficas).

El sector privado no expande su oferta en función de un proyecto de desarrollo del país, sino adaptándose de forma flexible al "perfil del cliente-estudiante" de las ciudades intermedias. Es decir, ofrecen lo que es económicamente viable de abrir y altamente demandado por el mercado local inmediato.

En cambio, la tensión entre la oferta universitaria estatal y las demandas de nuevos perfiles se incrementa. Se necesitan de forma urgente profesionales híbridos, tales como ingenieros en automatización, ingenieros agrónomos especializados en datos (data scientists aplicados al agro), biotecnólogos y diseñadores industriales enfocados en procesos robóticos y mientras el mercado laboral de estos sectores demanda estas capacidades para competir globalmente, la oferta universitaria masiva (centrada en ciencias sociales y humanas tradicionales) no llega a proveer el volumen de graduados técnicos necesarios para acelerar la transformación de las fábricas y los campos locales.

Hay ofertas en universidades de gestión estatal que le dan importancia a este modelo o por lo menos, perfilan carreras que pueden aportar a la construcción de un modelo de desarrollo -que debiera superar gestiones de gobierno y tener un horizonte de varias décadas en adelante-, pero son muy reducidas (y periféricas) en comparación con el resto de la oferta académica.

Casos como la Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), con su histórica Facultad de Ingeniería en Minas y líneas de investigación en automatización o la Universidad Nacional de Jujuy (UNJU), que articuladamente con el sector productivo creó centros de investigación dedicados exclusivamente al estudio científico de la cadena de valor del litio.

Informes de la CEPAL y de la Asociación de Especialistas en Estudios del Trabajo (ASET) analizan el fenómeno del desajuste horizontal o "desajuste de habilidades" (Skills Mismatch), cuando la universidad produce masivamente graduados en áreas donde el mercado ya está saturado, mientras que los sectores estratégicos (energía, software, infraestructura) sufren de vacancia crónica.

Los informes de la Secretaría de Políticas Universitarias (SPU) han señalado históricamente que los incentivos estatales (como declarar "carreras prioritarias" a las ingenierías y darles más presupuesto o becas Progresar específicas) han tenido un impacto muy marginal para torcer la elección de los estudiantes, quienes siguen prefiriendo las ofertas tradicionales.

Las grandes universidades metropolitanas e históricas (concentradas en los principales centros urbanos) siguen absorbiendo la mayor cantidad de la matrícula en carreras tradicionales. Falta un despliegue y consolidación proporcional de institutos tecnológicos y carreras de ingeniería pesada, ambiental e informática directamente integradas a los yacimientos, cuencas hídricas y polos industriales locales, limitando el derrame de conocimiento en las comunidades de origen. Hay que regionalizar en serio.

Existe un consenso creciente entre especialistas (como los informes sectoriales del INTI o debates en institutos del CONICET ) de que el encuentro entre el sector educativo y el productivo es indispensable para no quedar atrapados en un modelo meramente extractivista que no genera empleo de calidad.

En síntesis, la integración del modelo desarrollista al sistema universitario exige

· romper con el centralismo universitario metropolitano de las Ciencias Sociales/Humanas y que la oferta deje de estar anclada en el modelo de servicios tradicionales del siglo pasado,

· consolidar e impulsar polos de formación científico-tecnológica en las provincias con recursos estratégicos (como el triángulo del litio en Jujuy, Salta y Catamarca, o el complejo minero-energético en San Juan, Mendoza y la Patagonia),

· plantear carreras cortas y trayectos formativos flexibles, crear diplomaturas en automatización minera o tecnicaturas en mantenimiento industrial de alta complejidad para reconvertir mano de obra local de manera ágil por ejemplo...

· valorizar la formación en Ciencias Básicas que puedan integrarse como el STEM -Science (Ciencia), Technology (Tecnología), Engineering (Ingeniería) y Mathematics (Matemáticas)- como un modelo educativo que promueve estas cuatro áreas de manera interdisciplinaria, en lugar de enseñarlas como materias aisladas. Su objetivo es preparar a los estudiantes para el mundo real desde edades tempranas.

· incentivar y planificar el crecimiento de ofertas en Ciencias Aplicadas, de la Salud y Ciencias Básicas, las ramas de conocimiento con menor presencia dentro del sistema universitario.

Por supuesto que el modelo de desarrollo argentino no depende de nuestras universidades, es un compromiso colectivo que debemos afrontar sin grietas y sin partidismos. Sin embargo, las universidades, con su capacidad instalada científica y tecnológica pueden ser un factor decisivo en la mirada reflexiva de un horizonte para nuestro país.

Además, un proyecto desarrollista requiere que la industria pesada, el sector tecnológico o la infraestructura estatal demanden esos perfiles. Cuando la economía argentina pendula hacia la primarización (exportación de materias primas sin procesar) o hacia la especulación financiera, el mercado laboral deja de demandar científicos e ingenieros.

Esto es una cuestión de virtuosidad en el círculo: nos comprometemos con un modelo de desarrollo nacional (que actualmente tiene una gran interacción a nivel global, como en el resto del mundo), generamos acuerdos entre los diferentes sectores, incluido el educativo, transformamos nuestro sistema universitario para dar respuesta y sostenemos colectivamente el esfuerzo (y la conflictividad) que ello implica.

¿Qué harán las universidades tan politizadas y cerradas ideológicamente? ¿Qué harán los sindicatos que funcionan como feudos, así como los claustros docentes que pretenden conservar sus trabajos sin cambios?

Del otro lado de la cuestión la pregunta es

¿Puede haber soberanía tecnológica o autonomía económica si el 60% de los recursos intelectuales se forman para gestionar las instituciones, el conflicto social o la subjetividad, en lugar de transformar la materia o crear softwares?

Los defensores del modelo tradicional argumentan que, en un país con altas tasas de pobreza y fragmentación cultural, las ciencias humanas no son un lujo, sino una infraestructura crítica para la cohesión social, la educación básica y la defensa de los derechos ciudadanos...

El problema es que son mayoría en desmedro del resto...

La parte (esa mayoritaria) del sistema universitario que se reproduce a sí mismo en base a sus propias lógicas corporativas, ignorando la planificación estratégica de un modelo de desarrollo, seguramente se resistirá (y se resiste) a un modelo diferente a su status quo.

En este texto hemos intentado reflejar que hay referencias de intelectuales o informes de organismos reconocidos que vienen advirtiendo hace años sobre esta realidad desde una perspectiva crítica al sistema universitario, mostrando que no existe convergencia entre la oferta académica universitaria actual en Argentina y un modelo de desarrollo basado en la soberanía productiva, energética y tecnológica integrada.

La inercia del sistema universitario genera un desacople estructural (o desajuste horizontal) que actúa como un cuello de botella para la transformación de la matriz productiva.

Y el último dato: más del 80% del talento técnico actual proviene de tres espacios no universitarios: escuela secundaria técnica: 31,9%, formación profesional: 29% y tecnicaturas terciarias: 20,3%.

¿Acaso será por aquí el camino de transformación educativa?

"La transformación productiva de la Argentina no depende exclusivamente de una lluvia de inversiones o de la abundancia de recursos naturales; la clave del éxito radica en la capacidad del país para formar los perfiles laborales que esa reconversión exige. Esta es la principal conclusión de «Educación y empleabilidad: informe nacional sobre la demanda laboral, formación y capacitación para la transformación productiva», un exhaustivo documento elaborado por Ticmas con el apoyo de la CAF (Banco de Desarrollo de América Latina y el Caribe)".

Quedan otros tantos aspectos por analizar, pero cierro preguntándome si de las dos Argentinas, entre aquella necesaria y posible, por la que debemos esforzarnos y en más de un punto deponer nuestras fijaciones conceptuales para buscar opciones en base a un progreso realizable, o la otra Argentina, la de las eternas frustraciones, la que no logra salir adelante teniéndolo todo,

¿cuál elegiremos?

Esta nota habla de: