El cazador y la bestia

Esteban Tablón y su cuarto cuento dominical en Memo. Un nuevo recreo intelectual que te transporta por caminos bien diferentes a los que te propone la infoxicación con noticias que te hacen mal. Leelo aquí.

Esteban Tablón

El día había sido duro. La sequía duraba ya demasiado, y la competencia por el alimento, cualquiera que fuera, se hacía cada vez más difícil. Las presas menores se hacían escasas, y astutas, y la vegetación raleaba. Haciendo un esfuerzo mental y azuzado por el hambre, recordó viejas leyendas. Hablaban de una bestia, enorme, que habitaba más allá del gran mar, un ser que, de ser vencido, podría alimentar su raleada tribu por años quizás. Siempre consideró que eran cuentos de viejos y niños.

Pero este día, particularmente contrariado, sintió un fuego interior. Al fin y al cabo, según la tradición familiar, él descendía del mismísimo Hércules, un semidios. Se armó de valor, construyó una fuerte balsa, y se aventuró a la cruza del misterioso mar.

Nunca lo hubiera conseguido si la feroz tormenta no se hubiera desatado, arrastrándolo sin control hasta estrellarlo contra una suave elevación en la desconocida costa del otro lado. La llamaría montículo de tierra. Montjuic. A poco de caminar, descubrió a la Bestia. Cualquier mito, leyenda o cuento infantil había quedado pobre y timorato. La criatura era enorme. Se movía, lenta y majestuosamente, sin temer nada. Obviamente, estaba en la cima de la cadena alimentaria. No tenía depredadores. Lleno de coraje, se arrojó en persecución. La inteligente y gigantesca bestia, levemente sorprendida ante la novedad de semejante ataque, se metió en su madriguera. Sin medir riesgos, nuestro héroe se internó tras ella. Siete días y siete noches descendió detrás del Leviatán. Finalmente, llegó a un extraño portal, un espacio en continuo cambio, en donde aparecían luces, abismos, maravillas incomprensibles. Por momentos parecía estar lleno de estrellas, como el lejano cielo, allá arriba. Cruzó el portal sin dudarlo, y repentinamente se encontró en una gran cavidad. Su cuerpo se estremeció. Algo inaprensible era muy diferente. La luz y el aire tenían otra cualidad, los sonidos eran extraños. Sin perder su determinación, estudió el extraño lugar, y notó con interés que de esta gran cavidad salía una, y solo una caverna horizontal. Sintió que su momento de triunfo estaba cerca finalmente. Su presa no tenia otra salida. Se juramentó por el honor de Hércules no cejar hasta capturarla y someterla, o morir. Avanzó con decisión. La profunda caverna se hacía cada vez más extraña, más regular. Con un contorno que nunca había visto.

Aparecieron formas brillantes, como metálicas, en el suelo. Sintió un extraño sonido, muy grave, casi por debajo de su umbral de audición. A lo lejos, apareció un fuego. Por su extrema lentitud, tardó unos momentos en darse cuenta que venía hacia él. Un fenómeno desconcertante, jamás la bestia había mostrado esas armas de defensa, pensó, alegrándose con irreductible coraje. Seguramente eso significaba que la había herido de muerte, o que se dirigía, quizás hasta asustada, a su madriguera.

Apretó el paso, pero tuvo que saltar imprevistamente a un costado. Detrás de la potente luz, la bestia había arrojado un enorme tentáculo. Lento, pero enorme y, a juzgar por cómo rebotó su lanza sin producir el menor daño, extremadamente duro. Con incredulidad, miró pasar a su lado el interminable tentáculo. Luces y sombras se alternaban en su piel y, como jamás había visto ni imaginado siquiera. Dentro, sombras de sus víctimas, cautivas para siempre en esas entrañas de piedra y fuego.

El tentáculo se perdió a lo lejos. Las cosas eran cada vez más extrañas. La lenta cadencia de los movimientos, los sonidos muy bajos y graves, los hilos de luz. Rápidamente alcanzó lo que supuso, era el gran nido, y el espectáculo lo aterrorizó, decenas, cientos de víctimas de la gran bestia congelados debajo de potentes luces. Despojados de sus habituales gruesas pieles cosidas toscamente, estaban desnudos, o con algún tipo de magia que los envolvía de grises colores.

Se armó de coraje, esta vez la bestia había ido demasiado lejos, y él había jurado no cesar hasta atraparla o morir. Cruzó el horrible nido, y encontró una salida al otro lado, que conducía hacia la superficie nuevamente. ¿Qué ensalmo, que brujería era ésta, si había bajado casi a los infiernos en la persecución? Subió con cautela, y la vio. La sangre le latía en las sienes por la excitación y adrenalina. Finalmente tendría su oportunidad, allí estaba la bestia, casi inmóvil, la mitad de su cuerpo enterrado, las costillas casi a la vista, y su lomo emitía un brillo jamás visto. Miró en derredor. Miles de víctimas, todas inmovilizadas, envueltas en esos extraños capullos delgados y aparentemente flexibles. Se dirigió decididamente hacia el bello monstruo, con sed de sangre. Pero algo extraño le pasaba. Sus movimientos se hacían cada vez más lentos, y todo a su alrededor comenzaba a animarse en raros espasmos. Había una especie de cambio de tiempo, lo que parecía no moverse, lo empezó a hacer vertiginosamente, y la bestia, originalmente tan ágil, se movía cada vez más lenta. De golpe, tuvo una revelación, una genialidad de su otrora primitivo cerebro, hoy mucho más grande que el del resto de los animales. El juego había cambiado. La bestia estaba allí, a su alcance, casi inmóvil, él mismo se movía con frustrante lentitud, pero si lograba concentrarse lo suficiente, se movía. En una chispa de inspiración, tomó conciencia de las nuevas reglas. Se requería un esfuerzo de voluntad y concentración inimaginable para moverse en ese nuevo ambiente, en ese nuevo flujo de tiempo. Para luchar en este nuevo campo, debía aprender otras habilidades, ser imbuido de poderes diferentes, buscar nuevas armas, se debía transformar en el Gran Arquitecto.

La bestia, enorme, vieja como el tiempo, cansada, se mantenía allí, en pie. imponente, enorme, erguidos sus tentáculos hasta el cielo mismo. En guardia. Camuflada como la Gran Catedral Siempre Inconclusa. Siempre orgánica. Entonando cada atardecer su sinfonía de colores. Quienes se atrevían a transitar por entre sus costillas, decían ver cómo la luz se hacía sólida en su interior.

Estereofunicular de Gaudí publicado por Rafols en 1928.

Fue bautizada, mucho después, en este nuevo universo, en este nuevo marco de tiempo, con el extraño nombre de Catedral de la Expiación de la Sagrada Familia. Muchos intuyen que está viva, pero solo algunos pocos pueden percibir sus lentos movimientos, intentando aún dar pelea. Hércules -ahora llamado Gaudí-, murió sin haberla sometido. Sus descendientes mantienen la lucha, que dura hasta nuestros días.


Esta nota habla de: