La foto de la última vez que votamos: ¿vale posponer elecciones y prorrogar mandatos?

La Universidad Nacional de Cuyo postergó para el año que viene un comicio que debía realizarse este año. En su fundamentación dejó en claro que no estaba de acuerdo, pero alegó "razones de fuerza mayor". ¿Es normal? ¿Hasta dónde se puede llegar con la pandemia decidiendo sobre cuestiones institucionales? Qué se discute en otros países.

La pandemia está tomando decisiones propias, que muchas veces parecen pasarle por encima a acuerdos, normas y hasta a la propia Constitución. Tenemos provincias y municipios que blindan sus límites, cuando no son fronteras y es ilegal hacerlo. Y se legisla mediante DNU alegando la "urgencia", aun con el Congreso abierto y sesionando, desconfiando de la capacidad de comprender el apuro de parte de los representantes del pueblo y dejando todo en manos del Poder Ejecutivo, de quien se acepta tácitamente y a priori, que sí sabe lo que hace, por sí solo, sin debate ni discusión de alternativas.

La expansión del coronavirus covid-19 parece haber traído mucho más que un virus de China, sino mucho de su forma de tomar decisiones: unilateralmente, sin oposición y de acuerdo al dictado de un núcleo de poder que encierra o libera, de acuerdo a su irrevocable voluntad.

La discusión no se da solamente en Argentina. El mundo debate si habilita o no elecciones. Chile postergó su plebiscito de reforma constitucional. Lo mismo pasó en Italia: iba a darse en marzo y sucederá en septiembre. En Bolivia se postergaron, pero tiene un régimen irregular al frente del poder. Algunas comunas argentinas, las pasaron para más tarde, pero las realizarán pronto, como es el caso de Río Cuarto, en Córdoba. El propio Donald Trump amenazó con posponer la elección presidencial de noviembre próximo, con la pandemia como excusa. En Mendoza el debate se abrió con mucha tibieza luego de que Memo diera a conocer que la UNCuyo, con una extensa argumentación en la que deja en claro en que no está de acuerdo con la decisión que tomó, pero que entiende que no tenía alternativa, suspendió una elección de medio término y la unificó con la del año que viene.

La pregunta es: si la gente puede ir al supermercado a buscar algo vital como es la alimentación (y mucho más que eso), ¿por qué no puede nutrirse de democracia tan solo emitiendo un voto de la manera más segura posible para su salud?

Ojalá alguien tome esta discusión, porque de lo contrario quedará claro para quien quiera imponer formas de autoritarismo aprovechándose de las circunstancias, que poco importa si se vota o no, si se cambian los contrapesos del poder en tiempo y forma, o no. Importaría más ir al supermercado a por asado, vino, un electrodoméstico, chocolate o pan que si se le prorrogan las atribuciones de poder a un decisor surgido de las urnas.

En medio de estos debates, hay gente que ha aportado elementos para una buena discusión, pero para darla hay que estar desposeído de miedo infundado por la pandemia y no ser barrabrava de alguno de los lados de la grieta en torno a cómo sobrellevar esta emergencia.

Jörg Stippel es doctor en derecho de la Universidad de Bremen e investigador Universidad Autónoma de Chile, y en un artículo publicado por Ciper dejó elementos de alto interés, para no ahogarnos en nuestro vaso de agua o asfixiarnos en el encierro de la cuarentena. Algunos de sus párrafos son:

- "La pandemia ha generado un sinnúmero de desafíos para las sociedades democráticas. El delicado balance entre la libertad y la seguridad parece haberse inclinado hacia esta última. Las personas que cuestionan la necesidad y justificación de restricciones a las garantías individuales a menudo son tachadas de irresponsables y antisociales; se argumenta que ponen en peligro la salud de toda la comunidad".

- "El miedo al contagio hace que se evaporen muchas conquistas obtenidas tras centenarias luchas sociales. El derecho a la libre manifestación pacífica es una de las víctimas. Muchos países han prohibido o restringido el derecho a la participación en reuniones pacíficas dentro y fuera de lugares cerrados (como casi la totalidad de los Estados federales en Alemania[1], Australia[2] o África del Sur[3]) impidiendo así también manifestaciones pacíficas durante el tiempo de la pandemia. Sin embargo, un Estado de derecho no es tal, si no decide cada caso y juzga cada situación por sus singulares características. Esa necesidad de generar un juicio diferenciado y de tomar en consideración la situación concreta, ha generado en algunos países (como Alemania[4] y Francia[5]) una jurisprudencia constitucional que intenta equilibrar las necesidades de salud pública con la importancia que tienen algunos de nuestros derechos políticos básicos".

Stippel abundó sobre el caso alemán. Al respecto, escribió que "el Tribunal Constitucional Federal de Alemania, resolvió que era inconstitucional una prohibición general de realizar manifestaciones pacíficas en época de pandemia[6]. A fines de enero 2020 se había confirmado el primer contagio en el sur de Alemania. El Tribunal dictó su resolución apenas un poco más que dos semas después del récord diario de infecciones (el 27 de marzo). Los jueces argumentaron que la libertad de reunión - entendida como libertad para la expresión colectiva - es constitutiva de un orden público libre y democrático. Una restricción al derecho a la libre reunión requiere, en particular, una consideración adecuada de las circunstancias específicas de cada caso. Estableció que no son suficientes las meras consideraciones generales que se podrían hacer contra cualquier reunión. Es por ello, que el propósito de prevenir la propagación de una enfermedad viral pueda lograrse no admitiendo la reunión, podría -en última instancia- argumentarse en contra de cualquier reunión, independientemente del número de participantes".

La consecuencia de esa decisión fue que el municipio que antes prohibió la manifestación (Stuttgart) se vio obligado autorizarla, bajo condiciones como mantener una distancia de un metro y medio entre cada manifestante, contó Stippel.

Y luego de analizar los sucesos de otros sitios, como el debate por los dichos de Trump en Estados Unidos, la suspensión de elecciones en Hong Kong y las sucesivas suspensiones en Bolivia dejó una inquietante conclusión: "Observando las múltiples postergaciones de las elecciones en Bolivia bajo el argumento general de la pandemia, se justifica pensar que estas elecciones postergadas no pueden ser democráticas".

Una nueva serie de preguntas tiene derecho a aparecer en escena: ¿nos acostumbraremos a que se gobierne de manera rápida y furiosa, a tal punto de que le restemos importancia a que se discutan los temas en un Congreso al que hasta puede ser visto como "innecesario"? ¿Será suficiente, en adelante, lavar las culpas con una extensa argumentación, culposa y carente de alternativas, a la hora de suprimir un turno electoral y prorrogar mandatos? ¿Serán más laxos los controles bajo el argumento de tal o cual "emergencia" es más importante que las formas institucionales?

Desde que empezamos con esta pesadilla en marzo venimos hablando graciosamente y muchas veces equivocadamente en torno a qué hábitos nos quedarán en a pospandemia. Pero en la medida en que la política no ofrezca un horizonte, la idea que prima parece ser la de una pandemia permanente y que las mañas, el facilismo (la ausencia de nuevas iniciativas que sostengan un sistema normativo que garantizaba, bien o mal, un equilibro) parecen tener más fuerza que la práctica democrática y la libertad de las personas.

José Antonio Vergara Parra, habitual analista en medios españoles, escribió fuera de los confinamientos de esta época lo siguiente: "En el campo de la ciencia política, la democracia fue la más elevada y suprema conquista del hombre. Ayer, hoy y mañana habremos de enfrentarnos a los enemigos de la libertad. No en vano, aquella junto a la utopía son los mejores antídotos contra la más perversa y eficaz estrategia de persuasión conocida: el miedo".

Hasta ahora, no hay quejas a la vista. La tarea de elevar esta situación a la jerarquía de tema de discusión pública son (o deberían serlo) precisamente las instituciones de la democracia y sus defensores. Que el miedo no los paralice ni calle hoy debería ser más que un deseo, sino un objetivo.





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Guillermo Tell Aveledo Coll, doctor en Ciencias Políticas. Profesor en Estudios Políticos, Universidad Metropolitana, Caracas y un artículo publicado en Diálogo Político. Las grandes crisis prueban la resiliencia de cualquier sistema político, y tienen reverberaciones sobre sus fundamentos de legitimidad. En la primera pandemia de la era globalizada, ¿cuáles son las fortalezas democráticas ante el reto del coronavirus?