Realidades

Esteban Tablón vuelve a la carga con un cuento atrapante, "Realidades". Situaciones paralelas que son parte de una misma existencia. Sumergite en la experiencia.

Esteban Tablón

Entro al bar. El de siempre. En un tranquilo suburbio, poca luz, nada de ruidoso tránsito. A esta hora, sólo quien va al bar transita estas calles. Como cada jueves. Saludo a los de la mesa redonda de la izquierda al fondo. En la lógica universal de estos lugares, no sabía sus nombres ni historias. Pero eran amigos.

Me siento en la barra. En mi lugar, claro. José me saluda con una mueca, sirve mi Malbec. Fresco, no ambiente. La paz llega al alma. El momento más predecible del día. Todo en su lugar, la misma penumbra, la gama de marrones. No importa la estación del año. Para el advenedizo, siempre suena la misma música. Pero no es así. La variedad de tangos es enorme, y los del día, sutilmente, marcan el humor de Jorge, allá cerca de la cortina, abstraído como siempre en sus cuentas, pero sin que se le escape un detalle. Es fácil percibir detalles cuando casi todo se repite día a día como si el tiempo fuera una ficción que sólo ocurre fuera.

Hoy, el color del viejo y conocido Malbec es ligeramente diferente. En términos objetivos, físicos, serán un par de ángstroms, medible sólo con sofisticados instrumentos. Ni cerca del umbral de percepción biológica del ojo humano. Pero sí, hoy la luz a través de la copa es definitivamente diferente. Y eso, en este momento de paz y certezas, me produce cierta inquietud.

Termino mi copa y me dispongo a salir, el abrigo de siempre, la gorra. Camino a la puerta con el rabillo del ojo percibo, casi veo, a la rubia en su pequeña mesa. Viste tonos pastel. Sus ojos color miel miran curiosos, con inocencia, trasuntan cierta complicidad.

En la calle, giro a la derecha, como siempre, para la apacible caminata a mi departamento. Nada tan tranquilizador como la solitaria rutina. Zafo del atropellamiento del camión por centímetros. El estridente bocinazo lleva un insulto tan claro como dicho a los gritos. Claro, estoy parado imprudentemente a un cuarto de la amplia calle, muy transitada, densa, rápida, muy iluminada citadina. Tardo un momento en aprehender la situación, el panorama. A partir de la percepción del presente, mi cerebro rearma un pasado verosímil, lógico. En segundos, todo encaja, las llaves de mi exclusivo deportivo último modelo en mi bolsillo. El auto estacionado en su lugar. Quizás los dos Old Fashion que tomé en el reluciente lobby del Sheraton me tenían un poco mareado.

En la mañana, enfundado en mi traje Armani, contesto el saludo cordial del Encargado del edificio, cedo el paso con una leve reverencia a la mujer rubia, elegante vestido tonos pastel, delicadamente combinado con sus zapatos Louboutin. Me sonríe con sus profundos ojos miel. Por un momento tengo un deja vu, que rápidamente dejo atrás. Los mercados no esperan a nadie, y menos en Wall Street.

Sigo con mi vida normal. Una vez que le has tomado la mano al trading, hacer dinero es como estar en piloto automático. Eso le daba a mi vida un leve sinsentido, un cierto aburrimiento. Jueves en la noche, no iría de tragos hoy. Abrí el cómodo somier, activé el monitor de cotizaciones, las velas decían que había acertado, otra vez. Un poco de Netfix y a dormir. Quizás una noche de éstas buscara alguna de las compañías eventuales de siempre. Pero no hoy. Hoy disfrutaba el placer de dormir solo, todo en su lugar. Nada estaba mal. Me pregunté por qué sentía, en el umbral de la percepción, esa sorda inquietud. Un leve sentimiento de desajuste. Serán los tragos del otro día, el bartender no era el de siempre, y a mí el Old Fashion me gusta con precisión estequiométrica.

Desperté tarde, el sol empezaba a calentar demasiado, incómodo. Me dirijo al río. El nuevo vecino ya me irrita. El acuerdo tácito es tres metros de rivera y una caña con un gancho en la punta El Sagrado Río, que purifica las almas, y lleva al alcanzar el moksha los difuntos a la vez que dispone de sus cuerpos, recibe muchos regalos que ya nadie va a reclamar. Eventualmente, si uno es constante, revolvía cantidades de basura, y soportaba el hedor, aparecía algo de valor, con lo que comería toda la semana. La única pelea era con los cada vez mas audaces cocodrilos. Pero los tres metros de separación eran sagrados. Finalmente tuve que expresar mi desagrado y establecer que no iba a tolerar que no se respetaran los límites. Como siempre, la trifulca fue ruidosa pero incruenta. La intervención de mi viejo amigo Jaidev colaboró a la pronta restauración del orden milenario, bajo la mirada de la misteriosa mujer. Indudablemente era un paria, se destacaba mucho su cabello muy rubio, y sobre todo la profunda mirada de sus ojos canela eran signo o presagio de algo indefinible, y su túnica, impecablemente limpia, tenía el clásico corte, pero no disimulaba de manera alguna sus largas, eternas piernas, ni su extrema femineidad. Su mirada hablaba de hipnóticas profundidades. Para mi, era como un ancla, en la marea de las incertidumbres diarias. Finalmente, como ya era todo un experto, obtuve mi recompensa de la pestilente corriente. Un raro tocado brillante y con algunas piedras. Aunque no fueran preciosas, obtendría un buen puñado de rupias. Por varios días, Asha y los niños no despertarían en las noches por el hambre. Como cada jueves, pasé a tomar un lassi en la barra de siempre, tanto como para recuperarme del abrasador calor del día, y me dirigí a casa. Sería una buena noche de sueño tranquilo. La rústica cama hoy se antojaba cómoda y confortable.

Desperté instantáneamente lúcido, como siempre. Hoy no tengo que ir al rio, pensé. Ana, dormía. Plácida, bella, con su cabello azabache desgreñado, y lo haría un par de horas más. Me lavé la cara, con helada agua, para terminar de despertar. Sacudí las extrañas ensoñaciones. Bajé al sótano, el frio se sentía. Revisé mi lista de compras. Salí. La nevada había sido intensa. En un gesto automático, llevé la mano a mi cabeza para ver si llevaba el turbante. Confundido solo un breve instante, me acomodé la gorra de piel, accioné la calefacción automática de la potente camioneta, calzada con sus cadenas para hielo. Este año ya tocaba cambiarla por el nuevo modelo. Cinco años de buen servicio me habían hecho encariñarme con ella. No hay ningún río fluyendo en 50 kilómetros en esta época, pensé. Juegos de la mente serán. En la tienda, cálida, voy detallando la lista de abarrotes para la semana. Andrés, que vive aún más arriba en la montaña, dudaba sobre la cantidad de fardos de pasto seco que necesitaría para sus finos caballos. Nos saludamos, sin necesidad de más de una mirada y un movimiento de cabeza, después de años de conocernos. Pago y salgo a supervisar que todo quede bien acomodado en la caja de la camioneta. Me siento cómodo con la tranquilizadora cadencia de la rutina, de lo predecible. El invierno sería crudo, pero ya estaba acostumbrado, y bien preparado, era también una estación para disfrutar. Hoy cocino yo. Preparé mi lomo Wellington. La cena con Ana resultó perfecta, este jueves era especial, aniversario de nuestro increíble encuentro. Nos vimos una vez, y ya no nos separamos nunca más. Al principio fue levemente extraño, como si ya nos hubiéramos conocido de antes. Rápidamente la sensación se hizo natural, y era difícil imaginar una vida sin que estuviéramos en contacto. Los dos supimos manejarlo, se hizo suave, dulce, natural.

La velada se extendió tarde, el blend de tintas muy exclusivo que tenía reservado hacía meses fue delicioso, y tuvo sus efectos. Hicimos el amor con pasión, con energía, casi urgencia. Luego dulzura, sutilezas, luego caricias, miradas, suave conversación. Nunca supimos bien en qué momento dormimos plácidamente uno en brazos del otro.

Amanece. El camión de la basura recoge el contendor de la cuadra con su habitual estrépito. Era difícil de entender que una ciudad centenaria, que acumula cultura de siglos, pero ya sofisticada, plenamente instalada en el siglo XXI, aún utilizara ese servicio urbano con la rusticidad del siglo XVIII. Lo mismo sentí ayer, recordé de golpe, ante el instrumental del dentista, al que había visitado. Hubieran sido perfectamente pertinentes en un consultorio medieval. Salté de la cama, tomé mi ducha en el exquisito baño. En ningún otro lugar del mundo uno podía encontrar estos departamentos, ya casi todos exclusivamente en la isla, con sus altos y decorados techos, barrocas griferías, artísticas puertas. Un alarde de abundante arte sin llegar nunca al exceso ni a resultar recargado. Feliz del lugar en el que me habían puesto mis elecciones, la vida y si, algo de azar, me dispuse a pasar la jornada en mi pequeña galería de arte. Definitivamente no llevo el calzado adecuado para la ventisca de hoy, pensé.

Al bajar, el sofocante verano me golpeó en el pecho con una masa de aire caliente, húmedo y denso. Y esos aromas, más bien hedores, tan típicos de esta ciudad. Como cada jueves, sonaban cercanas, en la isla contigua, las campanas de la centenaria catedral. Extraño, pensé. ¿No la había lastimado seriamente aquel voraz incendio? Bueno, quizás me confundí, o ya la restauraron. Lástima, había pensado ir a la reinauguración. Empecé a recorrer mentalmente la agenda del día. Resolver la disputa entre dos egocéntricos y novatos artistas respecto a la milimétrica distribución de los espacios, gestionar los permisos de apertura y cierre con el Distrito, el almuerzo con la periodista de L'oeil. Un tenue recuerdo me llevó a la nevisca con la que había esperado encontrarme esta mañana. Lo descarté rápidamente. Quizás lo habría soñado. Entrando a la cena, me cruzo con la alta y esbelta mujer, vestido crema entallado, inconfundibles zapatos Roger Vivier. Sus nítidos ojos color miel me inquietaron un poco, hablaban de distancias inconmensurables. Sacudí la cabeza, la larga negociación con los artistas seguramente había calado en mi cabeza más de lo que pensé.

Después lo supe, un ordinario y pequeño coágulo se había movido de las gruesas arterias de mi pierna, llegado al cerebro, y había producido una isquemia en el lóbulo frontal.

Desperté ¿Desperté? en la semipenumbra de lo que rápidamente percibí como la sala de un hospital. Aparecieron los típicos ruidos de fondo, que me permitieron construir una composición de lugar. Todo tomaba sentido nuevamente. Sentía que había percibido algo importante durante el corto periodo de coma. La sensación fue fugaz. Algo sobre otras realidades. Saltos cuánticos entre universos paralelos. Algo que pasaba en una enorme máquina en Ginebra. Desde pequeño había percibido algo esfumadamente sospechoso en el devenir de los hechos, en lo que llamamos la realidad. Lo dejé de lado. Seguramente efectos de los medicamentos.

Se reavivó cierta inquietud en mí cuando al abrir los ojos, la enfermera, una estilizada mujer de rubia cabellera, prolijamente recogida, vestida de tonos pastel, puso su mano cariñosamente en mi frente y me dijo que estuviera tranquilo, que ya había pasado lo peor y que me recuperaría totalmente. La profundidad de sus ojos de miel me convenció de inmediato de que así seria.

Días después, fui dado de alta. Luego de un evento así, uno sale a la soleada calle, vuelve a la realidad y rápidamente pierde registro y nitidez sobre los desvaríos recorridos bajo medicación.

Volví a mi exquisito departamento. Miré unos mails. Mi equipo de especialistas había mantenido todo a flote, los noveles artistas se habían conformado finalmente, y todo había marchado razonablemente bien. Este jueves no habría Chartreuse y Blues en mi café habitual. Me metí en mi cuarto, mi cama, mis sabanas, con fruición. Me dormí instantáneamente.

Cae el sol, me alejo de las ruidosas conversaciones habituales en las calles de aquí. Camino hacia un suburbio tranquilo. De esos rincones que por alguna razón se mantienen como zonas aisladas en las grandes ciudades. Entro a mi bar de siempre. Poca luz, tonos marrón, nada de ruidoso tránsito. Como cada jueves por la noche. Saludo a los de la mesa redonda de la izquierda al fondo. En la lógica universal de estos lugares, no sabía sus nombres, ni historias. Pero eran amigos.

Me siento en la barra. En mi lugar, claro. José me saluda con una mueca, pido mi Malbec. Fresco, no ambiente.

Una sensación de irrealidad me atenaza el pecho. ¿Es ésta mi ciudad, mi barrio, mi bar? Imágenes, al límite de un sueño mal recordado, me hablan de lujosos deportivos, ríos pestilentes, antiguas campanas, montañas nevadas. Sacudo la cabeza, debe ser el estrés o algo que comí.

Miro, como si fuera la primera vez, el salón. Cruzo la mirada con la mujer rubia, grácil su silueta, profundos sus ojos miel. Siento que todo encaja otra vez. Sí; la conozco, sí; la he visto cada jueves casi desde siempre.

José me sirve mi Malbec. Tiene el preciso color tan típico, único, del ya famoso terroire, allá al pie del volcán. Siento la cálida sensación de la rutina y lo predecible.


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