Mucha mentira, poca ilusión y una democracia que discuten partidarios de dictaduras diferentes

No sobra nadie, pero la política en Argentina busca constantemente que no quede nadie que piense diferente, en una lucha por el totalitarismo que involucra también a los que dicen no serlo.

Uno de los roles de la política es generar ilusión en torno a una vida en mejores condiciones en forma tanto individual y colectiva. A partir de allí, la gente adhiere o no a unos u otros sectores, según lo que que sienta que expresa cada grupo en torno a proyectos, historia o proyección de futuro.

Sin embargo la política ha entrado en todo el mundo, y no solo en la Argentina, en un vértigo por "ganar - ganar" y poco más. De algún modo parece decir "ya veremos qué hacemos si nos tocara ejercer el poder". Y lo pueden hacer porque las sociedades están atomizadas, quebradas, enfrentadas y posiblemente no puedan articular su rol de contralor, resignados al de espectadores.

Somos unos espectadores rabiosos y gritones, pero solo eso al fin, porque poco tientan las fuerzas a que gente nueva se sume y pocas ganas quedan de hacerlo, cuando quienes conducen el destino de los partidos (ojo: tanto los nuevos como los viejos) solo parecen mirarse el ombligo e invitan a que todos hagan lo propio con sus ombligos, de modo tal de que nadie termina viendo el interés general.

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Todo gobierno tiene su claque de aplaudidores. Como focas amaestradas, solo aletean en festejo de quien chista los dedos. Son como una masa hipnotizada, asalariada por el partido (o gracias a él), optimistas empedernidos o "fanáticos atómicos", por usar un gracioso y descriptivo adjetivo usada por algunas generaciones de actuales adultos muy mayores.

Sin embargo, tarde o temprano queda a la intemperie la desnudez de proyectos y la ambición personal o de grupo que los llevó a pelear y conseguir el poder.

Es ahora cuando nos damos cuenta de que se miente mucho y se ilusiona poco. Pero de la culpa de los dirigentes a quienes podríamos identificar fácilmente con nombres y apellidos, pasamos rápidamente a aceptar su reto de responsabilizar a "esta democracia", cargándole a un sistema que no terminamos de usar por completo las ineptitudes y cabronadas de sus conductores y ejecutores.

Entonces, llega la "solución final": el falso planteo de que"la democracia no sirve, probemos con otra cosa".

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En eso parece andar el gobierno argentino que promueve que miremos "lo bien que les va a los cubanos" prohibiendo a los partidos, la homosexualidad, la riqueza, el talento, regulando el hambre, determinando qué es lo que pasa y qué lo que no, ejecutando a los disidentes y prohibiéndolo todo a gusto y disgusto del mandamás, que podría llamarse "presidente", "primer ministro", "camarada", "compañero", "rey" o "emperador" y daría igual: alguien con mucho dinero que se llena la boca hablando de igualdades que no puede conseguir y por las que se victimiza constantemente, culpando a un monstruo extranjero tan grande e inasible, que todos repiten como padrenuestro desde el primer día de clases.

La democracia está necesitando nuevas palabras para ejercitarla con libertades plenas. Palabras que no estén desgastadas ni malutilizadas por personas que ya carecen de la confianza del promedio. Y fundamentalmente, términos con los cuales hacerles entender a los dirigentes políticos y gobernantes que nadie sobra, que no se trata de que los que ganan se queden con todo y se borren los pensamientos de los que pierden.

Hemos llegado al punto en que la democracia es una discusión entre partidarios de una forma de dictadura contra los que defienden otra forma de dictadura. ¿Queda algún no partidario de autoritarismos en el medio capaz de reconstruir la confianza y liderar un movimiento que impida a los totalitarios creerse empoderados por una sociedad anómica y desganada, que ya no exige nada?

El kirchnerismo retoma su plan del pasado y mira a Cuba como objetivo. Pero en los banderazos opositores se ha llegado a promover la reivindicación de la dictadura de Jorge Rafael Videla y los otros. Tercian en la discusión los que no tienen un solo ejemplo de cómo sería tenerlos al frente del gobierno, los trotskistas, quienes reclaman una "dictadura del proletariado".

¿Qué hay de "lindo" o cuál es el interés intrínseco de promover el exterminio del diferente y en volver a practicas que ya sabemos que nos hirieron a todos?

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A todas luces, está faltando una voz alta de quienes rechacen cualquier tipo de gobierno dictatorial, ya que a estas alturas solo puede verse una discusión en torno a cuál fue "menos peor". 

Menos mentiras y más ilusión, es lo que hace falta. Proyectos reales y no castillos de naipes; pies sobre la tierra y no fumatas alucinógenas. 

Están proponiéndonos todo el tiempo vueltas al pasado y se desconoce si alguien está pensando en un futuro con todos, en donde nadie sobre y en el que se piense en gobernar aún siendo víctima de críticas, sin querer que alguien desaparezca cívicamente (o físicamente) solo por pensar distinto.

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