El poeta de las multitudes y el escritor de los laberintos

El autor pone en paralelo las personalidades trascendentes del Indio Solari y de Jorge Luis Borges. ¿Hay algo en común entre la ruta del poeta músico y los pasillos de las bibliotecas del poeta escritor?

Sergio Bruni

 Con la muerte de Indio Solari desaparece una de las últimas figuras verdaderamente míticas de la cultura argentina. No se va solamente un músico. No se va solamente el líder de una banda de rock. Se va un creador cuya obra logró algo que muy pocos artistas consiguen: modificar el lenguaje con el que una sociedad se piensa a sí misma.

La historia cultural argentina suele reservar el pedestal de los grandes innovadores de la palabra para nombres como Borges, Cortázar o Sabato. Y con justicia. Pero acaso el tiempo termine ubicando al Indio Solari en una tradición similar: la de aquellos escritores capaces de inventar una lengua propia para narrar su época.

Porque eso fue, en esencia, el Indio: un poeta. Un poeta envuelto en los ropajes del rock.

Mientras Jorge Luis Borges exploró los laberintos de la metafísica, los espejos, el infinito y la identidad argentina desde la literatura, el Indio descendió a los suburbios emocionales de la modernidad. Donde Borges encontró bibliotecas, el Indio encontró rutas. Donde Borges observó cuchilleros, compadritos y tigres, el Indio vio marginales, fanáticos, derrotados, enamorados y sobrevivientes de la Argentina contemporánea.

Ambos, sin embargo, compartieron una misma obsesión: ampliar los límites del idioma.

Pocos compositores en la historia del rock argentino lograron construir imágenes de semejante potencia poética. Sus canciones parecían surgir de un territorio donde convivían la filosofía, la política, la literatura, la calle, el humor negro y el sueño. Eran textos que podían escucharse durante años sin agotarse jamás. Pero la singularidad del Indio no reside únicamente en la calidad de sus letras. Reside también en haber construido una comunidad imaginaria alrededor de ellas. Sus recitales fueron mucho más que espectáculos musicales. Constituyeron uno de los fenómenos culturales más extraordinarios de la Argentina democrática. Miles de personas atravesaban provincias enteras para reunirse alrededor de un repertorio compartido, como si aquellas canciones fueran parte de una liturgia laica.

En una época marcada por la fragmentación social, por el consumo veloz y por la fugacidad de los vínculos, el fenómeno ricotero logró algo infrecuente: producir pertenencia. El Indio no fue solamente un artista admirado; fue una referencia simbólica para millones de personas que encontraron en sus versos una forma de nombrar aquello que la política, la academia o los medios muchas veces no lograban expresar.

Por eso resulta insuficiente definirlo como cantante. Cantantes hubo muchos. Autores también. Pero creadores de universos simbólicos hubo muy pocos.

Borges fue uno. El Indio fue otro.

Cada uno habló para públicos distintos. Cada uno eligió escenarios diferentes. Uno escribió desde la soledad silenciosa de las bibliotecas; el otro desde el ruido monumental de estadios repletos. Pero ambos consiguieron que miles de argentinos incorporaran sus palabras al lenguaje cotidiano. Sin embargo, detrás de esas diferencias de escenario existía una afinidad más profunda. Ambos comprendieron que el lenguaje no es simplemente una herramienta para describir la realidad: es el lugar donde la realidad adquiere sentido. Ambos ampliaron las fronteras de lo decible. Ambos enriquecieron el vocabulario emocional de varias generaciones de argentinos.

Existe incluso un pequeño puente simbólico que parece unirlos a través de una misma frase. Borges solía repetir una máxima que condensaba buena parte de su estética personal y de su desconfianza hacia toda ostentación: "El lujo es vulgaridad". Tiempo después, el Indio escribió en una de sus canciones: "El lujo es vulgaridad, dijo y me conquistó". Nunca confirmó explícitamente la referencia, pero no resulta difícil advertir allí un eco borgiano. Como ocurre con las grandes tradiciones literarias, una frase atraviesa generaciones, cambia de contexto y encuentra una nueva vida en otra voz. Allí donde Borges formuló una ética de la sobriedad intelectual, el Indio la convirtió en materia poética y sentimental. Más que una cita, parece un guiño. Una forma discreta de reconocimiento entre dos autores que entendieron que el verdadero valor de las palabras no reside en el brillo superficial sino en su capacidad para perdurar.

Tal vez por eso sus obras resisten las explicaciones definitivas. Borges escribió cuentos que parecen ensayos filosóficos y ensayos que parecen ficciones. El Indio compuso canciones que se asemejan a poemas herméticos, a relatos fragmentarios o a sueños narrados desde una conciencia colectiva. Ninguno de los dos aceptó la obligación de ser transparente. Entendían que el misterio también es una forma de conocimiento.

No es casual que generaciones enteras hayan citado versos del Indio para explicar amores, derrotas, desencantos o esperanzas. Del mismo modo que otras generaciones recurrieron a Borges para pensar el tiempo, la memoria o el destino.

Esa es la marca de los grandes escritores. Que dejan de pertenecer a sí mismos. Que sus frases comienzan a circular independientemente de su autor. Que pasan a formar parte del habla colectiva.

La muerte del Indio cierra una biografía extraordinaria. Pero también inaugura algo distinto: el momento en que la obra deja definitivamente atrás al hombre.

Desde hoy comenzará la lenta tarea de la historia. Y probablemente la historia termine descubriendo algo que sus seguidores intuían desde hace décadas: que detrás de los recitales multitudinarios, de las liturgias populares y de la leyenda del rock existía uno de los grandes poetas argentinos de su tiempo.

No escribía novelas. No publicó tratados. Nunca frecuentó los círculos académicos.

Pero construyó una obra que seguirá siendo leída, interpretada y discutida cuando ya no queden testigos de sus conciertos. Como ocurre con todos los verdaderos clásicos.

Porque hay artistas que triunfan. Hay artistas que representan una época. Y hay unos pocos, muy pocos, que terminan convirtiéndose en lenguaje.

Borges fue uno de ellos. El Indio Solari también. Dos poetas de distinta estirpe que terminaron ocupando un lugar similar: el de quienes hicieron del lenguaje una forma de eternidad.

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