Elecciones: rezale a tu algoritmo de la guarda

Una especulación o reflexión en voz alta, en torno a los nuevos tiempos en que se tiene que hacer una "elección" personal en elecciones políticas para ser representados en las instituciones republicanas.

Es probable que la política se esté mostrando como un canal de streaming, con diversas opciones que a veces repiten el producto pero con diferente formato, solo porque los algoritmos lo muestran de la manera que más le gusta o más disgusta a quien se asoma para ver a quiénes elige.

La grieta de siempre ya no resultaría entonces maniquea, empujando a la opción entre blanco o negro, izquierda o derecha, democracia o dictadura, sino que ahora podría ser multicolor. Aun así, con diversas gamas de cada uno.

Sí, es el tiempo del carácter fuerte: es totalmente por esto o absolutamente por lo otro, dentro de la amplia oferta existente. Complejo. Tanto, que algunos teóricos -como el creador del chavismo, el alemán Heinz Dieterich Steffan que dice que "ya no hay izquierdas"- sostienen que todo es operado por grandes brazos tecnológicos que no logran ser penetrados por los que debieran poner en práctica nuevas rebeliones y hasta revoluciones.

Podría argumentarse a la inversa, también: que la variedad aporta a la atomización de las opciones y que no haya unidad para encarar ninguna lucha.

La metafórica ilustración de Magda Puig.

Salvo excepciones, en las últimas dos décadas hemos asistido a elecciones presidenciales en Occidente que se han ganado por escasísima diferencia. Casi, arrojando una moneda al aire. Allí está la consecuencia de algo que pasa, pero también el origen de disputas muy fuertes, porque si no hay sentimientos exagerados, la sociedad viviría en un eterno empate político. ¿Qué pasa cuando tiran de una cuerda con la misma fuerza desde ambos lados? Nada se mueve.

Es aquí en donde la política pierde posiciones con otros factores de poder que logran mostrarse en movimiento, ganándole al estancamiento y ofreciendo soluciones: los grandes emporios tecnológicos y de otro tipo, en su mayoría surgidos de laboratorios y luego de factorías que en algún momento fueron creadas para alimentar los aparatos de defensa y ataque de las naciones.

Es por esto que no se trate solamente de ver cómo usan Twitter o Facebook los candidatos, sino de cómo toda la sociedad se enlaza o desentiende de ideas, corrientes de pensamiento, esperanzas, pronósticos o deseos: allí radica la nueva cara de las antiguas "promesas" o "programas" de la política a los ciudadanos.

Sin embargo, a la hora de los hechos, el que gana una elección tiene que gobernar con todo este ruido a su alrededor. Si no sabe hacerlo, si no logra ejecutar acciones concretas y exhibir una realidad que resulte palpable ya no a las redes y sus sensaciones, sino a la piel, el bolsillo; es decir: si no conmueven, terminan por disolverse como señal de WiFi. Los gobiernos que no conjugan todos estos factores, se apagan. Las sociedades, entonces, (más espectadoras que partícipes, y aun así, altamente protagonistas por la ampliación de su espacio de opinión y participación a dimensiones nunca antes vistas) no tienen más opción que buscar lo que sigue, cancelando lo que no le gustó.

Y este supuesto algoritmo del que partimos para soñar este análisis, le mostrará una vez más un abanico de posibilidades, pero con dos ejes puestos en lo que quiere y lo que detesta. La sociedad seguirá siendo la que decida, pero con una rapidez en su veredicto que está obligando a los políticos a que piensen ya no solo en el rating de su campaña o gestión, sino en la calidad de sus actuaciones. Hay esperanza en que lo profundo triunfará por sobre lo superficial.


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