Paradojas de 1882: Rodin y Sarmiento, educación o catástrofe

En detalle, el Congreso Pedagógico de 1882 en Argentina, un recuerdo en medio de la convocatoria que se está dando en Mendoza a discutir una nueva Ley de Educación. Gustavo Capone pone en el tapete los antecedentes históricos.

Tiempos duros aquellos años 80 del siglo XIX. El mundo estaba convulsionado. Los coletazos sociales y las consecuencias políticas de la segunda ola de la revolución industrial en Europa comenzaban a sentirse. Una fuerte brecha dividió la sociedad. El desarrollo impetuoso de la economía acarreó un incremento del lujo y la riqueza en minoritarios grupos acomodados, y a su vez el hundimiento estrepitoso de las masas trabajadores en pobreza e indigencia. La consecuencia principal de la revolución industrial fue la aparición de dos sectores de la sociedad bien diferenciados: la burguesía industrial y el proletariado fabril. Simultáneamente, y en forma yuxtapuesta, se reflejaba un altísimo porcentaje de analfabetismo, muertes por enfermedades y un marcado éxodo de la población rural a las grandes capitales en pos de una alternativa laboral, generando hacinamiento en los suburbios de las urbes industriales. Aquella postal europea de finales del siglo XIX, no será muy distinta a la postal argentina del mismo tiempo.

¿Cuál fue el fenómeno que ayudó a acercar la brecha? La educación. La estabilidad política y económica ayudarán considerablemente en la coyuntura. Pero la educación emancipó y equiparó posibilidades hacia el futuro.

Vaya paradoja. El Ministerio de Instrucción Pública de Francia terminado su Congreso Pedagógico en Paris, consagró una Ley de Educación (antecedente de nuestra Ley 1420) y encargó a Auguste Rodin una escultura para que caracterizase el momento aquel y la relevancia del hecho. Había problemas. Pero también expectativas. Ese fue el momento en que Rodin concibió esa pieza inmortal: "El Pensador". Corría el año 1882. "No es más un soñador, es un creador"; explicó Rodin. El pensamiento como la semilla y el fruto de la acción. Vaya paradoja. Reitero. Parece un juicio de Sarmiento, que cuando pensó en aquel primer congreso pedagógico argentino (1882) también imaginó que la única alternativa política posible por generar un país mejor era apostar por la educación. La mente debía abrirse a una nueva idea y a un nuevo debate. La educación o la catástrofe.

El Congreso Pedagógico de 1882. "Era en abril"

Delegados al Congreso Pedagógico Internacional (Buenos Aires, abril-mayo 1882).

En ese momento se lo consideró internacional. Se realizó en el marco de la "Exposición Continental de la Industria". Concurrieron representantes de casi todo América. El arco político e intelectual nacional se involucró en su conjunto. No inmiscuirse en temas educativos hubiera sido imperdonable para el sector dirigente. Y mucho más desde dónde venía la convocatoria. Convocaba el ministro Manuel Pizarro y el Superintendente General de Escuelas del Consejo Nacional de Educación: Sarmiento. Otro hecho social significativo fue el gran involucramiento de la opinión pública. "La educación importa", decía el editorial de uno de los diarios de la época. Además de los periódicos de información general de ese momento, se editaron para la ocasión siete publicaciones especializadas. "Se trató de un acontecimiento que, además de no ser recibido con indiferencia, despertó verdaderas oleadas de entusiasmo e incluso mantuvo los ánimos enaltecidos". (Hugo Biagini, en: Generación del '80 -Losada, 1995),

El Congreso representó un paso adelante. Ponía al país a la vanguardia en temas educativos. La idea empezó a pergeñarse en tiempos del presidente Sarmiento con su ministro de Educación, Avellaneda. La gestión educativa de éste fue tan buena que lo empujó a la presidencia. Pero fue recién en 1881, durante la presidencia de Roca, cuando Manuel Pizarro retomó la iniciativa con apoyo del Consejo Nacional de Educación. El Congreso tuvo lugar finalmente bajo la gestión de Eduardo Wilde. Ya Pizarro había renunciado. El objetivo declarado del Congreso era que los resultados de su debate "contribuyesen a echar las bases de una trascendental legislación educativa". Una vez más los parlamentarios, nuestros representantes, como motores de la transformación. Ayer, y siempre.

"Por aquel entonces, apenas una séptima parte de los niños argentinos concurría regularmente a la escuela. Estaba todo por hacer; como hoy está mucho por reconstruir" (Claudia Peiró).

El autor de una de las ponencias del Congreso, caricaturizado en la prensa.

Tiempos bravos, si los hubo, aquellos '80 del XIX. Críticos. Controvertidos. Revoluciones políticas. Crecimiento demográfico de la mano inmigratoria. Extensión ferroviaria. Potenciación del modelo agroexportador acentuando el protagonismo de la pampa húmeda. Latifundismo y despojos. Y mientras tanto, el Congreso Pedagógico como alternativa superadora. "Haber proclamado desde la alta tribuna del Congreso la universalidad de la educación fue fundamental". Ese encuentro fue el acto fundacional de la instrucción pública y gratuita argentina. Dos años después se sancionaría la Ley 1420 de educación común, obligatoria, gratuita, laica, mixta y gradual (1884). Hecho revolucionario que repercutirá en el mundo entero.

Todavía faltaba mucho. Pero la política había dado un paso sustancial. El rumbo estaba claro. La educación como política de Estado. Había cientos de dificultades. "Baja escolarización, ni siquiera existía la conciencia actual en el conjunto de los padres sobre su deber de enviar a sus hijos a la escuela; la inmigración implicaba que un gran porcentaje de alumnos no tenía un nivel adecuado de español o directamente ninguno; no existía un marco normativo para las escuelas, no había suficiente cantidad de docentes; tampoco la cobertura edilicia era la necesaria. Y muchos alumnos llegaban con deficiencia alimentarias y bajas defensas. Faltaban muchas cosas (maestros, escuelas, reglamentos) pero sí había entusiasmo en el poder de la educación". Había convicción.

La educación como la herramienta transformadora. Eso estaba en todos. Laicistas, católicos, liberales, conservadores, progresistas, utópicos, anarquistas, criollos, "gringos", intelectuales, peones, en el puerto, en los pueblos. Además, algo vanguardista para ese tiempo: la mujer incorporada protagónicamente al debate. La irremplazable "maestra" sería el eje de la enseñanza. Y se pusieron de acuerdo, tras "pelearse a muerte", porque vieron en la educación la posibilidad de futuro. Discutieron como es lógico en cualquier parlamento. Pero se pusieron de acuerdo. Valía el debate. Nada debía estar por sobre la educación y la escuela para las chicas y los chicos de mañana.

El debate continúa

Mendoza se apresta a tratar una nueva ley de Educación. Seguramente habrá debate y discusión. Pero la provincia y su dirigencia tiene experiencia en eso. El ultimo Estatuto Docente se discutió cuando recién llegaba la democracia. Tiempo crítico. En el país se estaba juzgando las juntas militares tras la oscura noche de la dictadura. Y nos pusimos de acuerdo. La última Ley Provincial de Educación (2002) surgió en los agobiantes momentos tras la durísima crisis de 2001. Afortunadamente aquella dirigencia "separó la paja del trigo". Se pusieron de acuerdo en lo relevante. Esas normativas siguen vigentes. Y con suma legitimidad, pero deben ser adecuadas a los nuevos tiempos.

El enorme colectivo docente espera el debate. La sociedad mendocina seguramente observará como protagónico testigo el desenlace de los sucesos, esperando la responsable discusión, que en la amplia mayoría de los casos caracterizó a la dirigencia mendocina.

El 7 de mayo de 1882, el diario de la época, "El Libre Pensador" (como en la escultura de Rodin) hacía un orgulloso balance de lo producido en el Congreso: "El legislador no tendrá que recurrir por ahora a los educacionistas y propagandistas extranjeros, cuyas ideas no son en general adaptables a nuestra sociabilidad, para cumplir con su mandato, ni encontrará disculpa su desidia, en lo que se refiere a educación". Ya tenían en lo surgido en ese primer congreso pedagógico de 1882 las herramientas propias para trascender en el tiempo. Una vez más, de la mano de la educación.


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